Una jirafa de peluche

Con motivo de la Navidad 2013, el Centro Ecosociocultural Miguel Hernández de la Zubia me propuso escribir el siguiente cuento, con la intención de publicarlo y que fuera un regalo peculiar para la gente del pueblo. Mi hermano Juan Luís fue el encargado de ilustrarlo. Podrán encontrarse ejemplares gratuitos en el local. ¡Muchas gracias al Centro por la publicación!

Una jirafa de peluche

La Navidad en la casa de la abuela Inés es algo que no encajaba bien en el pasado. El recuerdo siempre es, más bien, un sueño que quiero ver cumplido en el futuro. Todos los primos volvíamos juntos de la cabalgata; los más pequeños, de la mano; los tres que tenían diez y once años eran (como ocurre en todas las familias) demasiado mayores para jugar aún con los primos pequeños. De la mano, contemplábamos extasiados cómo las ventanas del piso superior de la casa de la abuela Inés, estaban de par en par. Sin duda acababan de salir los Reyes Magos. ¡Hasta se habían dejado las luces encendidas! En la amplísima sala de estar de la planta superior, estaban apilados los regalos de todos; sólo en ese momento mis primos mayores no tenían problema en unirse a nosotros y ponerse de rodillas a desmenuzar el papel de sus regalos. Yo era de los más pequeños, pero nada me importaban los regalos; nunca me importaron. Yo me quedaba de pie, admirando la milagrosa escena del allanamiento. A Gaspar se le debía haber caído aquella prenda del más exótico oriente. Luego lo vi adornando el cuello de mi tía Carmen, pero no había duda; su aroma evocaba de forma inconfundible a algún recóndito rincón de la India. Yo hubiera jurado haber olido en la habitación la peste almizcleña de los camellos. Me asomaba a la ventana y aguzaba el oído: no debían andar muy lejos (a lo mejor oía el berrido de un camello). Los escuché reír. Estaba seguro, los escuché reír. Me los imaginé recostándose alegres en sus monturas; la sonrisa de Baltasar, enseñando sus poderosos dientes blancos, como si del glorioso descubrimiento de una constelación de estrellas se tratara, los Reyes bajo suntuosas vestiduras… ¿A quién en su sano juicio podían importarle más aquellos regalos que la regia presencia de los Magos?

Lina era la niña en la que yo pensaba durante las vacaciones de Navidad en la casa de la abuela Inés. Era morena; bastante más morena que todos los niños de mi clase. Tenía el pelo rizado y largo, y unos ojos negros que no se me quitaron del recuerdo en toda la semana de Navidad. Por entonces yo no sabía que su acento era francés. Sólo sabía que antes de las vacaciones había llorado mucho. Su mamá, una mujer muy alta y con los ojos verdes, blanca, blanquísima, estaba muy enferma. Yo tardé muchos años en enterarme, pero murió el día dos de enero de ese año.

Por eso, quien vino a recogerla a partir de la vuelta al colegio ya no era esa altísima francesa, no. Era un señor igualmente alto y con la piel tan morena como la noche. Nunca lo olvidaré: siempre tenía una sonrisa amplísima cuando Lina corría a sus brazos a la salida del colegio. Sus dientes también eran como una luminosa cadena de luceros. Sus ojos rasgados, de mirada exótica, oteaban siempre la muchedumbre buscando a Lina. El señor, erguido en pose aristocrática, a mí me evocó a Baltasar.

No sé si fue por mi ilusión infantil desaforada, o bien, porque, para qué voy a negarlo, aquél era el primer hombre negro que veía en mi vida, yo estaba seguro de que aquél era el Rey Baltasar. Cosas de niño. El Rey Mago debió apiadarse de la madre de Lina, estaba seguro. Se habría quedado para cuidar a Lina hasta la Navidad siguiente. Yo siempre me quedaba admirándolo como absorto cada vez que salía de clase; ¡Me parecía tan increíble que la gente no se diera cuenta de aquello!

Lina no era una chica con muchos recursos. Saltaba a la vista. Yo, como habrá visto el lector, pecaba de ingenuo en demasía, pero supe darme cuenta de que a Lina no le sobraba el dinero. A la vuelta de la Navidad había un día en el que todos llevábamos a la escuela uno de los juguetes que nos habían traído los Reyes Magos; Lina no llevó nada. Yo tardaría en saber por qué lloraba, pero lo hacía. Lloraba por su madre. No tardé mucho en decidirme: le regalé mi jirafa de peluche. Le hubiera dado todos los míos para que dejara de llorar, pero aquella jirafa de peluche, de la que di un nombre que olvidé con el tiempo; era el único que me había dejado llevar mi madre al colegio. Pero, al fin y al cabo, ¿de qué me valían los juguetes?

Ella se lo contaría a Baltasar, seguro. Dejó de llorar (con eso bastaba) y nos hicimos muy amigos. Con un poco de suerte, el Rey Mago vería que yo era un buen chico, y que valía para eso de entregar regalos. ¿Y si me llevaba con ellos en la siguiente Navidad a hacer el reparto? Todo era posible. Me pasaba las horas muertas imaginándome sobre la grupa del camello, abrazado al risueño Baltasar bajo el cielo infinito lleno de astros y tras la estrella fugaz, recorriendo en una sola noche cada rincón del planeta; entrando a la sala de estar de la casa de la abuela Inés sin que ninguno de mis primos lo supiera…

El año siguiente, Lina ya no estaba en el colegio. Para nada un verano recordando sus ojos negros. No sabía a dónde había ido; debió haber partido con Baltasar, abrazada a su jirafa de peluche. Esa Navidad tampoco esperé regalos, esperé una nota, una señal, una carta de Lina o de Baltasar, que me contara qué había sido de ella, dónde estaban viviendo, cómo estaba la jirafa… Para mi desgracia, nunca llegó nada de nada.

Quince años después ya había comprendido que aquél hombre no era Baltasar, sino el padre de Lina, y que nunca iba a llegarme una carta con noticias de ella. Quince años, sin embargo, no me habían valido para entender por qué Lina se había ido. Nunca lo supe hasta que pasaron esos quince años, un veinticinco de diciembre, cuando vi sus dos inconfundibles ojos negros franqueando la puerta del metro.

Allí estaba, era ella. La muchacha que en mis sueños había surcado el mundo sobre el camello de Baltasar, abrazada a la jirafa de peluche. No podía equivocarme, pero ella no me reconoció. Me acerqué y se lo dije: «Te conozco, estuve contigo en el colegio». Sonrió.

Lina ahora es mi mujer; tenemos un hijo y una hija preciosos. Es una madre increíble. La Navidad es aún más bonita ahora que nosotros somos los encargados de hacerla posible. Hace que todo se llene de fantasía… Mi suegro (Baltasar) se llama Sulley y vive en Argelia. No le dije que yo era aquél niño que le regaló la jirafa de peluche hasta que llevábamos casi un año de noviazgo. Se me abrazó llorando de alegría, para ella fue un gesto inolvidable. ¡Aún tenía guardada la jirafa! Y hasta me dijo el nombre: Rafi.

Lina se acuerda todas las Navidades de mi detalle y me lo agradece con lágrimas en los ojos. Aún no sabe lo que yo imaginaba que había sido de ella en la niñez, por eso no entiende que el agradecido soy yo: lleva desde que soy pequeño llenado mi vida de magia.

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