Reseña y análisis de María Ortega Amusco

Podría empezar diciendo que Felipe Reyes Guindo es un chico completamente normal (o, al menos, él lo intenta), que nació un 14 de abril de 1993 en La Zubia, Granada, apasionado por el fútbol y esquiador ocasional.
Pero yo no lo conocía.
Podría comenzar también diciendo que, por hache o por be, la filología árabe nunca se le dio del todo bien; pero no le importaba mucho.
Pero ahí apenas sabía que existía.
También podría hablar de su evolución estética desde los primeros garabatos en servilletas de papel hasta su futuro premio nobel que recibirá con 82 años.
Pero quién sabe, a lo mejor no estoy allí para verlo.

De lo que sí puedo hablar es del Felipe Reyes Guindo del año 2013, aquel que ha conseguido salvar todas las barreras que el destino le ha puesto con una gran sonrisa, aquel fue tan valiente de construir su propia catedral, para no tener que vivir de obras de arte ajenas y antiguas, parafraseando a Borges.

Poco puedo hablar yo de las fuentes, motivaciones o intenciones del autor, porque él podría explicarlo mucho mejor que yo; pero de lo que sí pueblo hablar es de la sensación, de lo que ha representado para mí haber leído esto.
Primero fue curiosidad. Un compañero de clase, nuevo, que decía que escribía y me mandó un par de cosas para que le diera mi opinión. Después fue inocencia, al leerlo como una niña y creer incluso que podía encontrarme algo como el Decaimán en un libro de historia. Más tarde, fue intriga: ¿cuál era la primera palabra para el Diccionario de Spencer Shore? ¿Yo, mundo? ¿Diccionario?; o ¿quién era el verdadero autor de La Casa de los Relojes? ¿Qué ocurrirá si paran todos ellos? También, emoción por tener la copia en mis manos. Y, finalmente, orgullo por pensar que me había dejado leerlo, y sobre todo, por pedirme que hiciera esto.
Recuerdo haber leído hace algún tiempo en algún lugar, que prologar un libro es como apadrinarlo. Y por eso temo no estar a la altura de las sensaciones que Cazador en el bosque me ha dejado, temo no sembrar en vosotros, lectores, esa semilla de intriga y curiosidad inacabable que, cual gata, casi me mata atrapándome por completo.

Cazador en el bosque es un libro de relatos que, a primera vista, pueden parecer independientes; pero que, mirándolos con una lupa, descubres unos lazos invisibles que se aferran entre ellos uniéndolos en una maraña de personajes, situaciones, objetos y lugares que pueden repetirse sin que nos demos cuenta. Y te encuentras a ti mismo, con un papel y un lápiz en las rodillas, uniendo con flechas los nombres y preguntándote que otras líneas no te has dado cuenta de trazar.
“La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido”, dijera Borges, y aquí tenemos el camino, con diez escalas en este caso, que nos llevan a través de los temas que todo el mundo reconocerá: el arte, la hermenéutica, lo extraordinario… Pero nunca uno único. No podremos encontrar un elemento común que una todas las historias, sino que estas se hallan unidas por los pequeños elementos que la constituyen.

Quizá los elementos más comunes que unen esta suerte de relatos, a parte de la literatura y el arte en general, podrían ser el elemento nórdico y la ciudad de Granada.
En cuanto al primero, mencionar la cantidad de personajes de origen alemán que aparecen en el libro, así como ciudades, citas y un perrillo suelto llamado Goethe.
Con referencia al segundo, ¿qué arma utiliza mejor el poeta que aquella que conoce mejor que ninguna? Granada, su aroma, su gente, sus costumbres. Eso sí, debo decir que, en este punto, echo en falta en este conjunto la Crónica de una cobardía, que escondía en sus letras el alma del pueblo gitano que hay en Granada, la pasión de sus bailes, el corazón de su gente.

Hay quien dice que en un prólogo hay que defender el mérito de la obra y la necesidad de que exista. Yo opino que en este mundo, somos todos demasiado diferentes como para adorar u odiar algo por igual. Y el mérito de esta obra, el valor que tiene, es algo que cada uno de vosotros tiene que descubrir por sí mismo.
Para mí, tiene un valor incalculable.
Simplemente, decir que me siento orgullosa de haberlo conocido y de que me diera esta oportunidad, y me perdone por tanto recomendarlo y alardear de él, que sé que no le gusta.

Consejo de aviación: llegar pronto es cuestión de velocidad, llegar alto es cuestión de paciencia. 

Ten paciencia, amigo mío, y tendrás un lugar en el cielo junto a las estrellas.

Cazador de las praderas verdes

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