Premio Federico García Lorca de la Ugr, modalidad de narrativa

Recientemente, mi universidad, la Ugr, me honró concediéndome del premio Federico García Lorca, en la modalidad de narrativa, por un  nuevo libro de cuentos titulado Un cadáver bajo el naranjo. Aprovecho para hacer público mi profundísimo agradecimiento a la institución aunque no valga para hacer justicia al honor que ha sido figurar entre los condecorados, a los que felicito. De nuevo un premio gestado en Granada; señalo, como en el anterior, lo mucho que significa para mí que sea mi ciudad la que reconozca las humildes virtudes de lo que, con más voluntad que aciertos, hago.

Los detalles del libro me los guardo para cuando esté listo para darse a luz. Adjunto la nota de prensa en el que figuramos los premiados y el fragmento que seleccioné para que apareciera en el catálogo:

http://www.granadahoy.com/article/ocio/1792544/la/ugr/entrega/sus/premios/los/mejores/artistas/este/curso.html

LA CAJA

No se le ocurría quien podía haber entrado en su habitación a soltar aquel paquete y por qué. Atacado por el cansancio, se sentó en el sofá frotándose la cara con las manos y entonces recordó.

No se hubiera imaginado ni siquiera que su pedido iba a llegar de aquella forma. Sonrió enigmático y se acercó a la caja, le echó un vistazo y salió a buscar una taza de té. A la vuelta, colocó el té sobre el escritorio, echó el azúcar, y dio un sorbo. Se giró para observar la caja y pensar cómo lo iba a hacer esta vez.

Paciente, se levantó y dio un par de vueltas al paquete, examinándolo. Tenía que sacarlo de allí. Levantó la mirada. La puerta estaba demasiado lejos. La ventana parecía la mejor opción. Apoyó las palmas de sus manos en el costado de la caja y la empujó hacia el escritorio, que estaba junto a la ventana. Era recia, el embalaje no cedía ante la presión de sus manos, como si estuviera llena de algo sólido que se ajustaba perfectamente a las dimensiones del continente. Poco a poco la caja empezó a arrastrarse. Cuando apenas había avanzado medio metro sobre la alfombra, se detuvo y la miró.

Era más grande. La caja había crecido al menos diez centímetros. Se puso una mano en la cintura y otra en el mentón, pensativo. Calculó de nuevo la distancia hasta la ventana y la puerta. Definitivamente, la ventana seguía siendo la mejor opción.

Apoyó de nuevo sus manos sobre el paquete y lo empujó con más fuerza. Ésta vez estuvo seguro de ver cómo la caja se estiraba. Cerró los ojos y deseó que cuando llegara a la ventana, las dimensiones no hicieran imposible el desalojo.

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