De buenas letras: Cazador en el bosque

Reseña de José Rienda, de la Academia de Buenas Letras de Granada, publicada en el diario Granadino Ideal el jueves 21 de noviembre de 2013.

La semana pasada se hicieron públicas las bases del V Concurso Literario ‘Nuevos creadores’ de la Concejalía de Juventud del Ayuntamiento de Granada en colaboración con la Academia de Buenas Letras, un certamen que cumple con los objetivos que lo motivaron. Muestra de ello es el excelente camino literario trazado por algunos de los autores premiados tras la publicación de su primer libro en la Colección ‘Mirto Joven’ de la Academia; por otro lado, resulta igualmente reseñable la calidad de buena parte de las creaciones presentadas al concurso, como es el caso de las últimas galardonadas: ‘Museo de los instantes’ de Jerónimo Marín, en poesía (de quien se dará noticia en la revista ‘Alhucema’), y ‘Cazador en el bosque’, en narración, de Felipe Reyes Guindo.

‘Cazador en el bosque’ se presenta como un conjunto de relatos que rompe con los tópicos de las primeras obras de cualquier escritor, pues se trata de un libro maduro, perfectamente estructurado y que incorpora numerosos y sorprendentes recursos impropios de una ‘ópera prima’. De inicio, es destacable el hecho de que no nos encontramos ante una mera colección de cuentos, pues en él se quiebra el planteamiento convencional del álbum literario y se opera desde un sistema dialógico y polifónico sabiamente controlado por el autor (sesgo bajtiniano que se hace evidente en la defensa de la hermenéutica explicitada ya en el preámbulo de la publicación). Marcado por su deferencia a la estética de la recepción, Reyes Guindo acierta con un sugestivo cambio de roles entre autor y lector que mueve todo el libro en pos de, y esta es la cuestión nodal, una verosimilitud forjada en la fascinación; por eso inicia los relatos presentando a un personaje que da noticia de lo que a la postre será la historia principal del cuento, acierto narrativo que funciona desde un principio básico de la curiosidad humana: nos creemos con mayor comodidad lo que cuentan que contaron… Se trata en definitiva de un juego de actores que se ‘fugan’ de la ficcionalidad narrativa para embaucarmos con la existencia de otros personajes que, o protagonizan el cuento que sigue, o bien reaparecen como anécdota varios cuentos después (lo que se refuerza con notas a pie de página y otras ‘distracciones’).

También es destacable el punto, más que culturalista, academicista que traspasa la narración. La formación de su autor (arabista en sus inicios, filólogo después) se hace evidente y, aunque se podría haber ‘liberado’ al lector si Reyes Guindo no hubiese mostrado sus cartas tan abiertamente, lo cierto es que el juego literario propuesto funciona a la perfección en tanto que el autor hace un uso canónico del vademécum del cuentista. En efecto, Reyes Guindo es un escritor consciente y vigilante en lo que escribe, desde dónde lo escribe, para quién lo escribe y con qué intencionalidad lo hace: Borges y García Márquez rezuman aquí por los cuatro costados con ciertos ecos de Cortázar y Machado, pero también encontramos huellas de Brecht y un interesantísimo trasfondo filosófico donde Descartes adquiere relevancia y donde también, curiosamente, se acomodan Marx y Santo Tomás de Aquino. Y todo ello desde la referida técnica del personaje narratario.

A propósito de los aspectos del cuento como género literario, escribía Cortázar: «Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out». Aquí he de decir que ‘Cazador en el bosque’ noquea desde las primeras líneas.

cazador en el bosque ideal

Reseña y análisis de María Ortega Amusco

Podría empezar diciendo que Felipe Reyes Guindo es un chico completamente normal (o, al menos, él lo intenta), que nació un 14 de abril de 1993 en La Zubia, Granada, apasionado por el fútbol y esquiador ocasional.
Pero yo no lo conocía.
Podría comenzar también diciendo que, por hache o por be, la filología árabe nunca se le dio del todo bien; pero no le importaba mucho.
Pero ahí apenas sabía que existía.
También podría hablar de su evolución estética desde los primeros garabatos en servilletas de papel hasta su futuro premio nobel que recibirá con 82 años.
Pero quién sabe, a lo mejor no estoy allí para verlo. Sigue leyendo

El Zubiético

En España lo mejor es el pueblo. [..] En los trances duros, los señoritos –nuestros barinas– invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva. En España, no hay modo de ser persona bien nacida sin amar al pueblo.
Antonio Machado

Los granaínos de montaña somos unos granaínos algo genuinos. Nos contagiaron las cumbres, los bosques, los barrancos silenciosos y las eras. Llevamos la vega en la piel, de la misma manera que un pescador muta y se conforma con arreglo al mar. Todo el mundo reconoce al pescador por su carácter sosegado y su manera de mirarlo todo como si estuvieran atisbando el horizonte; podríamos decir, que el pescador ha cortado su alma a la medida del mar, y que por hábito del alma suya la quiere (Garcilaso de la Vega). También nos pasa eso a los granaínos (que quizá por eso reconoceríamos a un granaíno entre un millón de españoles) con la vega y la presencia latente de la Sierra Nevada. Pero estos granaínos soberbios del sur, ¡que eligieron la cuesta, la ermita, la chicharra del cortijo y el arroyuelo…! ¡El viento y el silencio, la nieve y la otredad!

Porque yo no soy un señorico de los que venden la patria, de los que tanto abundan por el sur y a los que ya señaló Machado. A la patria, si alguna hay, se la quiere por dentro porque ahí se tiene, no te viene de fuera ni se impone. Estos señoricos acostumbran a encontrarse en el ayuntamiento y son los que con más exaltación alzan la bandera del pueblo, y se les llena la boca hasta la nausea repitiendo el nombre vacío. Ellos no sienten ni aman el amor por el pueblo sino por los cuartos. El que siente la patria la siente porque la trabaja, ni siquiera la menciona, la vive callada y hondamente en su día a día, la goza y la padece decorosamente. Tampoco soy el que viene a dormir y el que hasta el pan compra fuera. Esta Graná se lleva en los genes, se hereda y brota sola; los que tenemos esta alcurnia no podemos, aunque queramos, vender la patria, vivirla de otra manera o querer ser de otro lado, no, es cosa de sangre.

Aquí la malafollá es más genial, más fina, menos explícita… Para el moro La Zubia era un misterio, una villa mística, similar a los lugares con apariciones marianas y cuyos oriundos casi veneran más a su Virgen que al Todopoderoso. Para el moro La Zubia debía ser lo que la montaña para el animista, la morada montañosa de un Dios, para los griegos. Para el músico, el pentagrama más inmaculado y silencioso. Ese misticismo está presente en las costumbres y aún en el habla, ¿cómo no contagiarse, si además llevamos lo misterioso del origen del Vasco?

En Graná no hay amaneceres, ¿os dais cuenta? El cielo está clareado del todo cuan ya despunta el sol. No podemos presumir de amanecer porque la Sierra nos lo tapa (bendigo la poca fortuna), Graná empieza mal el día y a lo mejor por eso somos unos malafollá. Pero los atardeceres, los famosos atardeceres, sí son del todo un tesoro. En Graná se vive de lleno y se disfruta, pero aquí en el sur, se ve Graná desde arriba, vemos atardecer a Granada desde el palco, somos los espectadores externos del milagroso crepúsculo nazarí.

¿Cómo no elevar la soberbia sana con esta perspectiva? ¿Cuánto más se ama a tu tierra si se la puede escrutar por entera cada día? ¿Cómo no regocijarse calladamente cuando vuelves al contorno peregrino de la Zubia? Ni la exaltación histérica por los toros, ni el amor enfermizo por unos colores… La patria esto; quédese en su error el que de otra manera lo entienda, y sigan los señoricos, por su interés personal, azuzando insufriblemente… que mi patria es esta, esta y no otra.

“Vacío perfecto” de Stanisław Lem

Vacío perfecto de Stanisław Lem,  (Impedimenta, Barcelona, 2008) consiste sencillamente en dieciséis reseñas a libros que no existen. Sólo la primera reseña hace referencia a un libro real, el propio. La reseña que abre la colección es la que hace Lem a su propio libro y que articula a modo de introducción, aprovechando para hacer una declaración de intenciones un poco ambigua o múltiple, y captar, además, nuestra benevolencia.

En la primera reseña, en la que habla de sí en tercera persona, ya confiesa que no es pionero en el género. Menciona incluso a Borges con su Examen de la obra de Herbert Quain. No obstante, podemos decir sin temor a equivocarnos que Lem ha desarrollado este extraño género con una efectividad magistral, explotando todas y cada una de las posibilidades que ofrece el hablar de un libro que no existe.

Salta a la vista un fenómeno peculiar que sólo ocurre en este tipo de escritos; Lem es el autor real de todos esos libros ficticios de los que habla, indiscutiblemente. Pero decidió traerlos al mundo a través de la crítica. El autor se convierte aquí en un sujeto que atesora tanto la actividad creativa como la crítica. Experimentar acerca de este fenómeno y de cómo cada faceta limita al autor en un sentido u otro es una de las intenciones manifiestas de Lem, como nos comenta en la reseña antes mencionada que prologa la obra. Nos confiesa también que quizás, son libros que se le ocurrieron pero de los que no está muy seguro de escribir. Llega a achacar el uso de la reseña falsa a la cobardía o a pensar que quizá el libro, de existir, no tendría mucho provecho, y que el valor literario de una obra tal viene sólo a través de la reseña. Nos recuerda al antes mencionado Borges, que llegó a decir que quizá otros autores hubieran escrito un libro completo de lo que el resumía en sus cuentos, a veces, decía, por la sola pereza de escribir un volumen considerable de hojas, aunque por supuesto, esa confesión es pura retórica en Borges.

Así que, en la mayoría de los casos, asistimos a la presentación de un libro que Lem no se atrevió a escribir, o no estuvo muy seguro de ello, o incluso un libro cuya realización es imposible, como es el caso de la reseña a Rien du tut, o la conséquence de Solange Marriót. Se ve claramente en el último: el discurso de un premio Nobel, La Nueva Cosmogonía de Alfredo Testa. Lem presenta una teoría novedosa acerca del Universo y su ordenación, algo demasiado aventurado como para traerlo al mundo taxativamente, pero lo suficiente digno como para que merezca ser conocido, ¿qué mejor que ponerlo en boca de otro?

Es un recurso que genera dos voces: la voz del autor ficticio y la voz del crítico. Lem aprovecha esta dualidad para generar un discurso más rico, para hilvanar en el mismo texto, una idea y su réplica, una afirmación y su objeción, una teoría aventurada y una posición preventiva. Ocurre, como era de esperar, que no se queda en el valor de la historia como narración de calidad, sino que aprovecha para añadir una carga filosófica importantísima, esa filosofía profunda y subyugante, con reflexiones muy inteligentes, como ya ocurre durante todo el libro de Solaris y especialmente al final. La reseña al libro imaginario de Cesar Kouska, De Impossibilitate Vitae/ De Impossibilitate Prognoscendi, es todo un tratado filosófico acerca del determinismo y el azar, y una crítica a la física probabilística. En Arthur Dobb: Non Serviam casi se resuelve la batalla entre idealismo y materialismo, y se nos presenta a ese “Dios humano”, que se puede equivocar que el personaje Kris comenta al final de Solaris. En Wilhelm Klopper: Die Kultur als Fehler, se nos propone que la tecnología viene a hacernos verdaderamente libres, a través de la destrucción de la cultura, algo que recuerda a la destrucción de los ídolos y la adopción de una nueva moral, al camino hacia el superhombre nietzscheano, algo para nada inocuo como se podrá comprobar.

Hay más reseñas que recuerdan a Borges y que enriquece la intertextualidad de este libro. Alistar Wainewright: Being Inc. nos recuerda a La lotería de Babilonia, pero desde una perspectiva nueva. También recurre al tema de la saturación de textos, en Joachim Fersengeld: Perycalypsis, donde se presenta una sociedad que se castiga a los creadores por saturar el mundo de textos y se aconseja la eliminación sistemática de obras de arte, o en Kuno Malatje: Odis te Ítaca, en el que el protagonista (que además da nombre al libro ficticio) considera que hay un volumen tan ingente de libros inútiles que es imposible encontrar a los genios, y organiza toda una campaña de búsqueda de los libros anónimos. En Solange Marriót: Rien du tut, o la conséquence incluso lo menciona, comparando la obra con el Pierre Menard de Borges.

Un tema recurrente, que no salta a la vista por no ser un tema central en ninguna reseña, es la negación de la locura. Casi en cada reseña lo hace (a partir de ahora voy a obviar el nombre de los autores ficticios, para hacerlo más comodo): en Les Robinsonades, decir que Robinson no está loco por generar toda una sociedad imaginaria, con algunas ocurrencias demenciales, es casi lo primero que hace, y con una justificación legítima. Lo dice también del Gruppenfürer Louis XVI: “El hecho parece un síntoma de demencia, pero no lo es: al contrario, el nuevo Luis XVI debería estar loco para reconocer su origen alemán…”. De los padres del Idiota, dice: “Y no se trata de locura, nada de eso. No es cierto que todos puedan volverse locos; en cambio todos son capaces de tener fe”, para justificar la ceguera que se impusieron los padres ante las deficiencias que les presentaba el hijo. De De Impossibilitate Vitae/ De Impossibilitate Prognoscendi, dice: “…ideas en absoluto vesánicas, el asunto se halla a mitad de camino entre la ciencia y la locura”. Odis te Ítaca, en su campaña para encontrar a los anónimos genios, impele a sus seguidores para que acudan a los manicomios y examinen los escritos de los locos.

Otro tema recurrente es la capacidad humana de convertir lo feo en bello, la absoluta tiranía en algo angelical, está presente de manera flagrante en Idiota, pero también en Non Servian, donde se habla de “cómo convertir del defecto en virtud”.

Acerca de la riqueza filosófica del libro se puede decir mucho más… se nos queda en el tintero, Gigamesh, personaje en cuyo nombre alberga todo el saber de la creación, también ese ensayo acerca de las debilidades y vicios humanos de Sexplosión, las latentes reflexiones metaliterarias de Toi y Do Yourself a Book… Ni un solo párrafo es inútil, en cada rincón encontramos una idea que como mínimo te hace replantear lo que tenía por seguro. Un libro denso, sin duda, pero absolutamente provechoso.

La absolución

Una hora antes el pescador llegó al muelle con unos cuantos calamares medio podridos de cebo y una rapala nueva que su suegro le había dado días atrás para que la probara. Repuso algunas anillas de las cañas, le echó un vistazo al motor y a los niveles de la barca y desenmarañó una red con alguna que otra rotura. Se acercó a la cafetería de su compadre, el Quino, de su quinta, y compró un paquete de tabaco y un mechero. Tras un saludo vano encendió un cigarro y salió a esperar en el muelle. La luna se inclinaba ya sobre la silueta del cabo; llena, amarilla y esplendorosa, al pescador le pareció una infamia que la humanidad se hubiera acostumbrado a su presencia. Contemplándola a través del humo de su segundo cigarro pensó que, en sus cuarenta y cuatro veranos, era la primera vez que la miraba con auténtica franqueza. No era un buen augurio.

El padre José apareció con las primeras luces del alba, al fondo del paseo. Caminaba como si no viera con los ojos y estuviera siendo guiado por las palabras de un lazarillo; el pescador siempre pensó que era un acto deliberado. Sustituyó por fin sus caros mocasines por unos náuticos, y sobre su alzacuello seguían esas gafas tintadas, enormes, propias de la presbicia. Todas las mañanas el cura ejercía su particular peregrinaje: subía al cerro al alba, exhalaba, o eso se creía, sus plegarias y volvía a la capilla para dar misa. A veces, los lunes, acompañaba al pescador con la esperanza de pescar algún que otro pez. Había desarrollado una pasión desaforada por la pesca, a la que sucumbió cuando ocurrió el encuentro fortuito; suspendió su sacramento matutino y subió a la barca.

Al pescador le sorprendía siempre que hablara tanto; él, ciertamente, no lo hacía con nadie, al menos no muy a menudo. A veces hasta creía decir cosas sin darse cuenta porque el monólogo del padre José respondía a una conversación fluida. Preguntaba, no paraba de preguntar acerca del arte del anzuelo y de las criaturas del vasto mar, aunque no aprehendía ni un solo dato. Daba gracias al Señor con alguna oración cada vez que el pescador echaba un pez a la barca lo bastante grande como para albergar alguna suerte de alma. Los más pequeños, sin embargo, no gozaban del privilegio. Nunca le preguntó los motivos de esa extraña selección, que sí parecía un acto inconsciente.

Los párrafos anteriores revelan, de la manera más fina posible, el carácter de los personajes; he omitido los detalles injustos para que el hecho central del relato conserve su virtud. El pescador paró de manera inevitable lo bastante lejos de la costa como para no ser visto. Cada uno recogió el sedal de una de las dos cañas con una pesca infructuosa. Sobre la oscilación pavorosa de las olas el pescador fue lo más sucinto posible:

— Dígame, padre, quién o quiénes andan mancillando mi matrimonio.

El cura detuvo su disertación acerca de la profundidad de los mares y se quitó las lentes salpicadas. Tras limpiarlas con una parsimonia ejemplar con su camisa, se las puso y dijo con una voz incierta:

— Me protege un voto de silencio, hijo. Ser confesor no es tarea fácil. Tu alma está llena de tormentos, sí. Siéntate a mi lado y deja que Dios perdone tus pecados.

Ambos se sentaron al filo de la barca y después de treinta y cuatro años confesó otra vez todos sus arrepentimientos. El padre, acto seguido, puso una mano sobre su cabeza y murmuró una larga oración. Dibujó una cruz en el aire y añadió la penitencia:

— Arrepiéntete de todos tus pecados cada mañana y pídele a Jesús que permanezca a tu lado para saber el camino.

Quedaron en silencio.

— Dígame ahora padre, con quiénes.

El padre José cerró los ojos de nuevo con una mueca de pavor y puso la mano sobre su cabeza retomando una retahíla de oraciones para la absolución. El pescador se levantó tomándolo fuertemente por la muñeca. El cura se detuvo sorprendido y se miraron en mitad de la tragedia.

— Dígame con quién.

Ante el silencio del padre, el pescador lo agarró de la camisa y lo empujó fuera de la barca. Bastará con decir que no merece la pena contar los detalles del ensañamiento. Un par de minutos después echó la mano al agua y tomándolo por el pecho devolvió a la barca el cuerpo sin vida del cura. No hubo una pausa de arrepentimiento ni de vuelta a la cordura; se fue a los mandos de la barca y se acercó al acantilado del cerro. Con un esfuerzo fatal lo arrojó sobre un lecho de piedras puntiagudas, algas, y espuma de mar. En menos de media hora había sido verdugo, y enterrador de un siervo de Dios.

Llegó a media mañana con una pesca ingrata y con el pueblo sumergido en la preocupación. Nadie encontraba al padre José. No tardó en surgir la idea de subir al cerro; unos jóvenes vieron, desde lo alto, su cuerpo despeñado. En seguida hicieron recoger el cuerpo para darle santa sepultura.

Por voluntad vital del cura, no permitieron una autopsia. Todo el mundo achacó el buen estado del cuerpo tras la caída a la santidad del pastor. Incluso surgieron más tarde asociaciones y plataformas que pedían al Vaticano la beatificación inmediata del padre José. Nadie podía sospechar del pescador; acompañó a su mujer, anegada en lágrimas, a darle un último adiós a su confesor, e incluso se persignó varias veces. Le pidió a Jesús que no lo abandonara y se arrepintió cada mañana de haber matado a un hombre justo, tal como él le pidió como deseo póstumo. Creía en Dios desde aquel fatídico día, haber preferido la muerte antes que violar sus votos era para el pescador prueba suficiente. Encomendaría desde ese día su alma perturbada a la fe católica; ofició el perdón inusitadamente, en silencio perdonó cada infidelidad de su mujer y cada traición. Y prorrogó su suicidio durante seis años para cumplir su penitencia, que sería el tormento de haber matado un hombre y el de dormir en una cama impropia.

Dos horas antes el pescador llegó al muelle con una vieja rapala. Pasó una hora más echando un vistazo al motor y a los niveles de la barca, desenmarañando una red y cambiando el hilo de unos carretes. Se acercó a la cafetería del Quino  y, mientras compraba un paquete de tabaco, su compadre dijo:

— Hoy hace seis años de cuando saliste a pescar con el padre José.

Tras un saludo vano salió a fumarse un cigarro al muelle. Pensando un rato decidió no salir a pescar ese día y emprendió el camino hacia el cerro, a lo largo del paseo. Comenzó el ascenso por la oscura escalinata y llegó finalmente al mirador, casi asfixiado. Dejó atrás la cruz de piedra para asomarse al acantilado.  La luna se inclinaba ya sobre el horizonte del mar, dejando una larga estela en el reflejo del agua. Llena, amarilla y esplendorosa, al pescador le volvió a parecer una infamia que la humanidad se hubiera acostumbrado a su presencia, como él se había acostumbrado a la carga del asesinato.

Contemplándola a través del humo de su tercer o cuarto cigarro pensó que sólo era la segunda vez que la miraba con auténtica franqueza.

No era un buen augurio.

Crónica de la cobardía

La voz de la gitana me hizo saber que no me había equivocado de camino, y que había seguido correctamente las indicaciones. Yo no entiendo caló, pero aquellas canciones desgarradas no precisan de entendimiento, hablan por sí solas. Las cantaoras más jóvenes nunca aprendieron, o ya han olvidado, el significado de las letras, y sin embargo las he visto llorar y emocionarse cantándolas. El barrio apareció sumido en una melodía portentosa. Tal y como el joven me lo había descrito: las fachadas encaladas de las cuevas se apilan y superponen, completando toda la ladera de la montaña. Los caminos serpentean por los barrancos y ofrecen, a la derecha, una valiosa imagen de la Alhambra y el bosque que hay vertido a sus pies, hasta el río. A la izquierda, la primera fila de cuevas muestra pequeñas ventanas de verdes postigos y blancos patios, plantados con enredaderas y macetas, con pesadas cancelas de hierro con florituras. Cada pocos metros una pita yergue su alto apéndice, cual si fuera un estandarte; allí, aquello es lo más parecido a un árbol. En todos los patios hay colgados siempre tres o cuatro candiles, vertiendo una tímida luz amarilla que apenas sirve para entrever los recodos del camino. A mí me recordó a uno de estos pueblos costeros griegos, encaramados a la pendiente de un cerro y cuyas casas parecen amontonarse de una manera más o menos caótica. El pueblo es sorprendentemente ruidoso para lo tranquilo que parece a primera vista; fantasmal, en ocasiones. Se escucha a los gitanos entonando alguna cancioncilla o hablando simplemente, pero a la vista todo parece quieto e inerte, no se ven más que fachadas y tapias con alguna bicicleta desvencijada tirada en un rincón del camino. Era como si el barrio albergara una vida latente, implícita.

Así llegué, andando durante casi media hora, a un pequeño rellano del que surgían un camino ascendente y otro que continuaba hacia adelante. Era allí: la cueva de la Rumí, las indicaciones eran claras. De la puerta entreabierta salía un alegre jaleo ensordecedor y el cante de una gitana vieja, la dueña de la cueva, la que ofrecía el espectáculo. Incliné mi sombrero para ensombrecer mi rostro y abroché mis botones. Tanteé mi bolsillo en busca de la navaja; estaba ahí. Ya todo estaba dispuesto. Sólo faltaba que se produjera el sorpresivo encuentro y yo deslizaría la implacable hoja hacia las tripas del gitano. Después, ofrecería mi vida a sus familiares alegremente, para aplacar cuanto antes su odio, allí mismo. Carmencita me vería luchar por ella hasta la muerte; seguramente acudiría antes al cadáver del gitano que al mío, pero estoy seguro de que, con el paso del tiempo, ella y los que lo iban a presenciar, sabrían apreciar este acto de amor desesperado.

Tras la pesada puerta de madera unas escaleras empinadas te hacen bajar la altura de un piso. Cualquiera que haya visto una cueva sabrá de lo que hablo: los techos son rugosas bóvedas, sin esquinas ni rincones. Paredes de cal tan sólo interrumpidas por tres ventanucos, a la derecha de la escalera, que dejaban pasar la luz de la luna. El resto de la luz provenía de un puñado candiles repartidos a lo largo de la estancia, que desdibujaban un poco la penumbra; el humo de los cigarros agravaba la situación. Al fondo se elevaba un amplio tablao, y sobre él estaba la figura de la gitana, sentada en una silla de mimbre. La Rumí era menuda, baja, incluso. Tenía ese moreno gitano y un rostro arrugado. Sus dedos eran delgados y nudosos, pero a la vez parecían recios y fuertes, testimonio de una vida trenzando el esparto y la mimbre. La voz de aquella mujer no podía ser de ella: dejaba fluir un caló ronco, un cante duro, sostenido por un diafragma prodigioso. Batía su mano de huesudos dedos en aquel aire lóbrego, con los ojos cerrados, como si al cantar entrase en una especie de trance. El gordo guitarrista que la acompañaba apenas sí hacía notar su musiquilla. La Rumí sola se bastaba para deleitar los oídos de los vecinos y los visitantes; en la cueva no cabía mucha más gente. La gitana tenía una gran fama dentro y fuera de Granada.

En frente del tablao había una barra que regentaba un hombre alto y fuerte, con alguna que otra cicatriz en la cara. Pedí un vaso de coñac, lo pagué, y me quedé mirando en un rincón. La Rumí acabó su dura canción con una ovación desmesurada. El guitarrista se levantó con algún esfuerzo de su asiento y la ayudó y bajar del tablao. Abajo apareció la figura de mi Carmencita. Delgada y grácil, su cuerpo rebosante de juventud entallaba de una forma preciosa en traje de flamenca. Era blanco, de lunares rojos y con unos anchos volantes. Tenía el pelo recogido con un ramillete de flores y una peineta. Carmencita no es gitana, pero ha nacido con ese carácter romaní y esa soberbia de cantaora. Es de tez bronceada, y tiene un bonito lunar sobre la boca, casi en la comisura del labio. Pero lo mejor de su cuerpo son sus ojos. Esos ojos almendrados y dulces, que se van amargando poco a poco a medida que se sumerge en su baile. El ceño fruncido y la mirada severa, mientras contonea lentamente los brazos sobre su cabeza o mientras zapatea con energía sobre el tablao, al tiempo que va haciendo volar los volantes de un lado para otro.

Se subió al tablao. El gordo de la guitarra cambió su instrumento por una caja, y empezó a percutirla al tiempo que Carmencita comenzaba a desatar su pasión. Había gitanos alrededor de toda la tarima; muchas mujeres empezaron a palmear al ritmo de la caja. Había un muchacho apontocado sobre las tablas, que hacía repicar sus dedos y miraba a Carmencita de un modo distinto. Lo reconocí al instante, se trataba del indeseable que me la robó, el nieto, o algo parecido de la Rumí, por lo que Carmencita me hizo suponer. Era delgado y grácil, debía de ser también bailaor. Tenía una larga melena negra y brillante, y una nariz arqueada, grande. Su piel cobriza y sus ojos desconocidos eran el espejo de miles de generaciones de gitanos. Mirándolo se veía el nomadismo y la bohemia, e incluso el misticismo y la magia de la India. Vestía una camisa blanca, con los puños remangados y un chaleco azul marino, con ornatos de un celeste violáceo. Yo iba a esperar a que saliera a la calle, o se acercara a la barra, o se chocara sorpresivamente conmigo mientras andaba entre la gente, para poder clavarle mi puñal. Atravesarle el chaleco, la camisa, su piel cobriza y hasta sus tripas. Era una manera justa de saldar su robo. Por el momento, miraba a Carmencita con unos ojos que honraban a la muchacha pero me mataban a mí, sonriendo, alegre, agitándose al son de la música, ignorando que su muerte estaba a punto de llegar. Seguía tamborileando sobre las tablas con sus dedos y nudillos, y muchas veces, cuando Carmencita taconeaba con especial insistencia, exhalaba una suerte de cante que parecía vigorizar el ánimo de la bailaora; «¡Ay, ay, ay, ay, eh!», gritaba, y en ocasiones: «¡Ole ahí esa gitana!», como si bailando Carmencita cambiara su raza.

Se me acercó un gitano rollizo y viejo, de unos cincuenta o sesenta años, y empezó a mirar debajo de mi sombrero con descaro, extrañado por mi altura. Sin mediar una palabra, me espetó:

— ¡Quítate el sombrero, niño, que te diquele!

Agarré mi sombrero y lo eché para atrás, para que se me viera un poco la cara. Se quedó extrañado de ver a un nórdico de ojos claros dentro de aquella cueva.

— ¿Pero tú de dónde eres, niño? —me preguntó.

Cuando me dijo esto me recordó a mi Carmencita, en nuestros últimos días juntos, que con la misma extrañeza en la voz me preguntó: «Pero, ¿adónde voy yo a casarme con un alemán?». Un fortuito calor me hizo hervir la sangre al recordarlo.

— Soy alemán. Mi nombre es Ludwig.

Al gitano dejó de importarle mi identidad. Frunció el ceño y se me quedó mirando fijamente a los ojos. Levantó su grueso índice para señalarme a la cara y comenzó a decirme:

— Tú traes un odio en el corazón, te lo veo, te lo estoy viendo. Hoy tú no vas a hacer ningún bien a nadie —yo miré de nuevo hacia Carmencita, asustado. Él me siguió diciendo—: te voy a contar una cosa que te va a ayudar. Aquí, el que estás viendo delante de ti, ha matado. Maté a mi propio padre, siendo más joven que tú y en un arrebato de odio que me costó el cielo.

El gitano me hablaba con tal sinceridad en los ojos, que no pude sentir miedo, a pesar de haberme confesado el asesinato. No dio ningún indicio de arrepentimiento, pero yo supe que era grande, porque era íntimo. Así, cerca el uno del otro y calladamente me contó su historia:

«Mi padre no era bueno a veces, todo el que lo conozca te lo puede decir. Aunque no nació con maldad en el corazón. Estábamos ayudando a mi tío a ampliar la cueva, porque se iba a casar y tenía que tener la casa preparada. Estábamos haciendo un tejadillo encima de la fachada, y vi cómo debajo, en el patio, había unos hierros verticales, puntiagudos, para hacer la armadura de unos cimientos. Cuando supe que no había nadie mirando, y en un descuido de mi padre, lo empujé por la espalda, pensando que moriría en el acto y que podría decirle a todo el mundo que lo vi resbalar y que había sido un desgraciado accidente. Así ya no tendría que aguantarlo más. No gritó en la caída ni cuando se clavó en los hierros, pero gritó luego. Un solo cable le había entrado por la parte interior de la pierna y salido por la espalda, y entonces sí que gritó. Yo lo vi desde arriba y me asusté; pensaba que empezaría a decir, en la agonía, que había sido yo, me inculparía y entonces me matarían a mí. Bajé lentamente del andamio, pálido y asustado mientras mi padre gemía y gritaba, e intentaba zafarse inútilmente del hierro. Me quedé en un rincón, escondido, viendo cómo empezaban a llegar los vecinos y mi propio tío. Entonces, las gitanas empezaron a llorar con esos gritos que desgarran el alma, y a echarse las manos a la cabeza. Mi tío le decía: “¡Pero Gabarro!, ¿cómo has estado?”, y varios hombres se acercaron a su alrededor a tratar de sacarlo. Era inútil, no podían moverlo sin que gritara aún más de dolor. La gente ya sabía que de ahí sólo podrían sacarlo muerto. En unos minutos dejó de gritar; se había quedado sin fuerzas al perder tanta sangre. Entonces empezó a llamarme: “¡Gabarrito, Gabarrito!”, decía una y otra vez, y la gente empezó a mirar al alrededor, porque sabían que yo debía de estar por allí. Mi tío me vio escondido y me dijo que viniera con un ademán. Yo salí y vi a mi padre, exhausto, con los brazos colgando, el cuello caído hacia un lado y los ojos cerrados. A pesar de ello, el hierro lo mantenía de pie de una manera macabra, y tanto sus movimientos como su habla, eran agónicos. Me acerqué asustado por si me preguntaba por qué lo había hecho o si me inculpaba directamente delante de todos. No fue así, sin embargo. Mi tío me cogió por el hombro y me acercó a mi padre. Entonces, le dijo: “Aquí está tu niño, hermano”. No sé si fue porque el dolor le hizo olvidar que fui yo quien le empujó, o quizá que, efectivamente, no quería que me mataran y lo hizo para exculparme. Quizá pensaba que se merecía el castigo y ya me había perdonado, no lo sé. El caso es que no trató de inculparme, tan sólo decía: “¡Ay, hijo, lisiado para toda la vida!”, y eso repetía una y otra vez. Si el pobre hubiera tenido fuerzas para abrir los ojos y ver el charco de sangre que estaba dejando en el suelo no se le hubiera ocurrido pensar que iba a quedarse de ninguna manera. Pero nada, él seguía diciendo: “¡Hijo, hijo, voy a quedarme lisiado!”. Finalmente no pudo repetirlo de nuevo, se le agotaron las fuerzas y todo su cuerpo cayó hacia un lado, inerte. Entre mi tío y unos vecinos lo sacaron y lo dejaron en el suelo. Las mujeres lloraban y lloraban, aún las sigo oyendo cuando lo recuerdo, a cada hora, a cada instante.»

Me sentí incapaz de seguir oyendo la voz del parricida, que ya me sonaba monstruosa, inhumana. Le di las gracias y me dirigí a las escaleras. Eché mano de la navaja: no tenía fuerzas en las manos para asirla siquiera. Desde el primer escalón me di la vuelta, pálido, para ver por última vez a mi Carmencita. Ella estaba bailando de espaldas, y al dar un giro enérgico se volvió y me vio. Yo estaba pálido, asustado, con la mirada de alguien que acaba de presenciar una atrocidad. Primero me miró sorprendida, sin dejar de taconear, al ver que había sido capaz de encontrarlos. Mirándome fijamente con sus dos grandes ojos almendrados y sin parar de bailar, fue tomando progresivamente su soberbia natural, su expresión de descaro, al tiempo que dibujaba una sonrisa burlona y reafirmaba la autoridad de su baile, su orgullo, su coraje, su raza. No dejó de mirarme hasta que me di la vuelta y salí por las escaleras.

Por el camino pensé en matarme, pero maldita sea, suicidarse también es matar a un hombre; no tuve valor en la cueva y tampoco lo tuve después. Hice un viaje de meses sólo para dar muerte al gitano que me la robó y no conseguí hacerlo. Bajando la calle por la que había venido recordé otra vez la sonrisa burlona y la mirada orgullosa de Carmencita. Ella sabía perfectamente que yo soy incapaz de matar a nadie.

IV Premio de Poesía y Prosa Narrativa Ciudad de Granada

Cazador en el bosque fue premiado en la modalidad de prosa narrativa en el IV Premio de Poesía y Prosa Narrativa Ciudad de Granada.

Fragmento de la entrega del premio:
[youtube http://www.youtube.com/watch?v=r1Vv8HFD56E]

Entrega íntegra:
[youtube http://www.youtube.com/watch?v=GKYC_PbNaRI]

En compañía de Jerónimo Marín, premiado en la modalidad de poesía por Museo de los instantes.

Cazador en el bosque

PMJ7

Cazador en el bosque (2013), Editorial Alhulia, Salobreña, Premiado con el IV Premio de Poesía y Prosa Narrativa Ciudad de Granada. Se trata de una colección de diez relatos cortos.

Fragmento del relato Dos revelaciones inconfesables:

«Me llamaron entusiasmados con la noticia de que habían descubierto, en un yacimiento arqueológico, un texto ilegible y sin precedentes. Se trataba de una escritura aparentemente caótica, escrita sobre la roca y compuesta por tan sólo cuatro runas, muy parecidas a cuatro letras del alfabeto hebreo. Descubrir el mensaje oculto tras esas grabaciones sería un hallazgo valiosísimo. En vano trabajé durante veinte años sobre una superficie de roca, de apenas seis o siete metros cuadrados, saturada de runas, recomponiendo palabras, cotejando los hallazgos con etimologías semíticas, aplicando variables, realizando innumerables hipótesis acerca de cómo estaba dispuesta la escritura, en qué dirección. Al final, extasiado, conseguí desvelar el sentido: hallé un texto escrito en espiral, de afuera hacia el centro, que planteaba una cosmogonía, y hablaba de un dios creador anterior a Abraham, anterior a Zeus. He dicho antes que mi trabajo fue vano, efectivamente: meses después de revelar el descubrimiento, unos paleontólogos visitaron el yacimiento. Tras unas cuantas pruebas determinaron otra resolución: se trataba de fósiles. Cuatro tipos diferentes de moluscos habían quedado sepultados millones de años antes; lo que yo había interpretado como runas, eran los moluscos que habían quedado de forma casual paralelos a la superficie, y las líneas verticales o puntos, que yo interpreté como espacios y a veces como runas auxiliares o derivadas, no eran sino la misma clase de moluscos que se habían dispuesto de maneras dispares y se podían ver tan sólo parcialmente. Sin embargo, mi trabajo fue primoroso, mi interpretación, lícita, válida, verosímil… ¿Se trató acaso de una broma de Dios? Prefiero pensar que todos los textos y todas las lecturas son sólo interpretaciones casuales, virtuosas, de una amalgama azarosa de caracteres que tan sólo el cosmos había determinado. El valor que tiene escribir un libro, no es muy diferente al valor de la erosión de una montaña o la caída, por nadie vista, de un árbol en mitad de un bosque. Toda hermenéutica no es más que una esperanza vana.»