LA MONTAÑA

El sueño latente de tu cumbre,
la soberbia pausada de tus días,
el alma milenaria de tu altura.

En la montaña se habla diferente,
se acoge al sol de forma extraña.
El abismo marino sí lo entiende:
porque el mar es digno espejo
de las distancias que su luz encoje.

En la montaña el sol se oye
como el eco rumoroso de una calle,
profundo y lejano del que duerme.

Hay otro ritmo en estas cumbres:
otro es el tiempo y los pesares;
el agua del arroyo no comparte,
el idioma de las aguas del valle.
Con el agua de ese arroyo
he bebido en la mañana,
¡Prodigioso privilegio del que nace
de nuevo, cada día, en la montaña!

Al amanecer andaba un ciervo
al ritmo en el que canta la montaña,
ahondando la silueta de la cumbre,
con el grave tambor que la acompaña.

No te sorprenda que hablemos diferente:
en la montaña el alma se contagia,
de los siglos solitarios
y los años de soberbia,
que en el mar es tan extraña.

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