La absolución

Una hora antes el pescador llegó al muelle con unos cuantos calamares medio podridos de cebo y una rapala nueva que su suegro le había dado días atrás para que la probara. Repuso algunas anillas de las cañas, le echó un vistazo al motor y a los niveles de la barca y desenmarañó una red con alguna que otra rotura. Se acercó a la cafetería de su compadre, el Quino, de su quinta, y compró un paquete de tabaco y un mechero. Tras un saludo vano encendió un cigarro y salió a esperar en el muelle. La luna se inclinaba ya sobre la silueta del cabo; llena, amarilla y esplendorosa, al pescador le pareció una infamia que la humanidad se hubiera acostumbrado a su presencia. Contemplándola a través del humo de su segundo cigarro pensó que, en sus cuarenta y cuatro veranos, era la primera vez que la miraba con auténtica franqueza. No era un buen augurio.

El padre José apareció con las primeras luces del alba, al fondo del paseo. Caminaba como si no viera con los ojos y estuviera siendo guiado por las palabras de un lazarillo; el pescador siempre pensó que era un acto deliberado. Sustituyó por fin sus caros mocasines por unos náuticos, y sobre su alzacuello seguían esas gafas tintadas, enormes, propias de la presbicia. Todas las mañanas el cura ejercía su particular peregrinaje: subía al cerro al alba, exhalaba, o eso se creía, sus plegarias y volvía a la capilla para dar misa. A veces, los lunes, acompañaba al pescador con la esperanza de pescar algún que otro pez. Había desarrollado una pasión desaforada por la pesca, a la que sucumbió cuando ocurrió el encuentro fortuito; suspendió su sacramento matutino y subió a la barca.

Al pescador le sorprendía siempre que hablara tanto; él, ciertamente, no lo hacía con nadie, al menos no muy a menudo. A veces hasta creía decir cosas sin darse cuenta porque el monólogo del padre José respondía a una conversación fluida. Preguntaba, no paraba de preguntar acerca del arte del anzuelo y de las criaturas del vasto mar, aunque no aprehendía ni un solo dato. Daba gracias al Señor con alguna oración cada vez que el pescador echaba un pez a la barca lo bastante grande como para albergar alguna suerte de alma. Los más pequeños, sin embargo, no gozaban del privilegio. Nunca le preguntó los motivos de esa extraña selección, que sí parecía un acto inconsciente.

Los párrafos anteriores revelan, de la manera más fina posible, el carácter de los personajes; he omitido los detalles injustos para que el hecho central del relato conserve su virtud. El pescador paró de manera inevitable lo bastante lejos de la costa como para no ser visto. Cada uno recogió el sedal de una de las dos cañas con una pesca infructuosa. Sobre la oscilación pavorosa de las olas el pescador fue lo más sucinto posible:

— Dígame, padre, quién o quiénes andan mancillando mi matrimonio.

El cura detuvo su disertación acerca de la profundidad de los mares y se quitó las lentes salpicadas. Tras limpiarlas con una parsimonia ejemplar con su camisa, se las puso y dijo con una voz incierta:

— Me protege un voto de silencio, hijo. Ser confesor no es tarea fácil. Tu alma está llena de tormentos, sí. Siéntate a mi lado y deja que Dios perdone tus pecados.

Ambos se sentaron al filo de la barca y después de treinta y cuatro años confesó otra vez todos sus arrepentimientos. El padre, acto seguido, puso una mano sobre su cabeza y murmuró una larga oración. Dibujó una cruz en el aire y añadió la penitencia:

— Arrepiéntete de todos tus pecados cada mañana y pídele a Jesús que permanezca a tu lado para saber el camino.

Quedaron en silencio.

— Dígame ahora padre, con quiénes.

El padre José cerró los ojos de nuevo con una mueca de pavor y puso la mano sobre su cabeza retomando una retahíla de oraciones para la absolución. El pescador se levantó tomándolo fuertemente por la muñeca. El cura se detuvo sorprendido y se miraron en mitad de la tragedia.

— Dígame con quién.

Ante el silencio del padre, el pescador lo agarró de la camisa y lo empujó fuera de la barca. Bastará con decir que no merece la pena contar los detalles del ensañamiento. Un par de minutos después echó la mano al agua y tomándolo por el pecho devolvió a la barca el cuerpo sin vida del cura. No hubo una pausa de arrepentimiento ni de vuelta a la cordura; se fue a los mandos de la barca y se acercó al acantilado del cerro. Con un esfuerzo fatal lo arrojó sobre un lecho de piedras puntiagudas, algas, y espuma de mar. En menos de media hora había sido verdugo, y enterrador de un siervo de Dios.

Llegó a media mañana con una pesca ingrata y con el pueblo sumergido en la preocupación. Nadie encontraba al padre José. No tardó en surgir la idea de subir al cerro; unos jóvenes vieron, desde lo alto, su cuerpo despeñado. En seguida hicieron recoger el cuerpo para darle santa sepultura.

Por voluntad vital del cura, no permitieron una autopsia. Todo el mundo achacó el buen estado del cuerpo tras la caída a la santidad del pastor. Incluso surgieron más tarde asociaciones y plataformas que pedían al Vaticano la beatificación inmediata del padre José. Nadie podía sospechar del pescador; acompañó a su mujer, anegada en lágrimas, a darle un último adiós a su confesor, e incluso se persignó varias veces. Le pidió a Jesús que no lo abandonara y se arrepintió cada mañana de haber matado a un hombre justo, tal como él le pidió como deseo póstumo. Creía en Dios desde aquel fatídico día, haber preferido la muerte antes que violar sus votos era para el pescador prueba suficiente. Encomendaría desde ese día su alma perturbada a la fe católica; ofició el perdón inusitadamente, en silencio perdonó cada infidelidad de su mujer y cada traición. Y prorrogó su suicidio durante seis años para cumplir su penitencia, que sería el tormento de haber matado un hombre y el de dormir en una cama impropia.

Dos horas antes el pescador llegó al muelle con una vieja rapala. Pasó una hora más echando un vistazo al motor y a los niveles de la barca, desenmarañando una red y cambiando el hilo de unos carretes. Se acercó a la cafetería del Quino  y, mientras compraba un paquete de tabaco, su compadre dijo:

— Hoy hace seis años de cuando saliste a pescar con el padre José.

Tras un saludo vano salió a fumarse un cigarro al muelle. Pensando un rato decidió no salir a pescar ese día y emprendió el camino hacia el cerro, a lo largo del paseo. Comenzó el ascenso por la oscura escalinata y llegó finalmente al mirador, casi asfixiado. Dejó atrás la cruz de piedra para asomarse al acantilado.  La luna se inclinaba ya sobre el horizonte del mar, dejando una larga estela en el reflejo del agua. Llena, amarilla y esplendorosa, al pescador le volvió a parecer una infamia que la humanidad se hubiera acostumbrado a su presencia, como él se había acostumbrado a la carga del asesinato.

Contemplándola a través del humo de su tercer o cuarto cigarro pensó que sólo era la segunda vez que la miraba con auténtica franqueza.

No era un buen augurio.

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