El espejo

No puedo contarlo como algo sorprendente; el espejo se ha incrustado en mi vida como un parásito. Ha suplantado mi ánimo, mi carácter. Lo tengo tirado en el suelo, bajo la mesa. No sé cómo lo dejé en ese lugar, pero da igual; esté donde esté, será un lugar preeminente. Camino por el salón sabiendo que está ahí, que a lo mejor yo estoy mirando la habitación desde el suelo, que a lo mejor hay otra escena patética que tengo que ahogar en más ginebra. No quiero mirarlo y no puedo parar de mirarlo. Que Petra haya aparecido en mi vida justo en medio de la historia es solo un golpe de mala suerte; si me hubiera ocurrido estando con ella todo hubiera quedado en un jueguito, un secreto de pareja. Digo jueguito en vez de jueguecito. Ambas palabras las acabo de ver en mi cabeza como dilatadas en el reflejo infinito de dos espejos enfrentados: jueguito y jueguecito, a un lado a otro. Ocurre como cuando pasas trabajando durante horas y horas en un sistema programático, que luego vas a dormir, vencido, y te parece seguir ordenando los pensamientos oníricos en ese sistema. Como cuando pasé el día reprogramando el ordenador de a bordo del coche, cuando lo trasteó aquél mecánico inepto y lo desconfiguró, que acabé pensando en scripts, y al mullir la almohada una voz en mi interior decía cosas como: cuida de que no haya un fallo en la expresión y no se pueda ejecutar. Así es el espejo ahora: todo pasa por esa demencia frenética de la que no puedo salir, me pregunto constantemente si mis pensamientos son contemporáneos o están siendo evocados por la imagen retardada del espejo. Aún no me puedo creer lo que pasó. ¿Pero qué explicación puede haber? Eso es pura magia. Pura magia, o estoy loco. A lo mejor estoy loco porque no le queda más remedio a un humano volverse loco con lo del metrónomo. No puede ser. Alguna vez ha tenido que ocurrirle a otro. Pero, ¿cómo pasó? Lo que yo creo recordar es que ensayé en el dormitorio, enfrente de los espejos del armario; sí, eso es seguro. Y puse en marcha el metrónomo para ensayar con el violín. Y el espejo pequeño, ¿para qué lo llevé? ¿estaba ya allí? He recreado tantas veces la escena que ya no sé lo que es ficción y lo que es real. La imagen más nítida que tengo es la de estar jugando con el espejo a multiplicar el metrónomo hasta el infinito, con el espejo grande del armario. Cuando la imagen de mil varillas oscilando ahondó mi habitación, quedó satisfecho el invento. Entonces torcí el espejo y algo crujió en el aire. Me extrañó, no era capaz de ubicar el crujido. Miré el espejo con atención, pero en ese momento no me percaté de nada extraño. Luego supe que debió tratarse del retardo. Cuando acabé de ensayar lo noté; al principio, al pasar la mano por encima, pensé que estaba mareado o cansado. Era un retardo casi imperceptible todavía, lo probé con el metrónomo, poniéndolo en la mesa, sosteniendo el espejo frente a mi cara para comparar con exactitud los dos metrónomos. Lo hubiera jurado entonces, pero quise pensar que estaba cansado y lo dejé sobre la mesa sin mayor preocupación. ¿Por qué ocurrió? Y sobre todo, ¿por qué al espejo pequeño? ¿Por qué no al grande, al del armario? Es inútil que me lo pregunte. Al día siguiente ya era completamente perceptible el retardo. Esa semana me volví loco. Era mucho más siniestro que ahora. Hoy día incluso diría que me he acostumbrado a las eventuales visiones inquietantes. La primera semana, cuando el retardo era de cinco minutos o menos, me asustaba verdaderamente cuando veía a un hombre asomarse al espejo a observar la habitación. Era yo, claro, que me había estado observando un rato antes. Pero pasaba casi cinco segundos de difícil asimilación que me crearon un estado de alarma permanente, que a su vez se acabó transformando en una ansiedad latente, normalizada, que se habrá sublimado en la destrucción total de mi razón. Es obvio que repetí el experimento del metrónomo tratando de revertir el fenómeno. Al final, acabé por enterrarlo en el fondo del armario, tratando de salvarme de la locura irreversible; era imposible sacarse la sensación de una presencia ajena en mi apartamento. Y digo sacarse en lugar de quitarse. Un amigo psicólogo explicaba así lo de los fantasmas, lo de la gente que asegura notar presencias. Me dijo que tenemos un mecanismo inconsciente para asignar presencias. Que si te despiertan en la habitación de tu casa, donde vives solo, te cagas de puro miedo. Pero que si vas a dormir a un hotel con unos compañeros, y te zarandean, pues te despiertas con toda la normalidad, porque tenemos un mecanismo para asignar presencias en la reconstrucción mental del entorno que elaboramos. Pues bien, explicaba lo de que la gente sintiera presencias como un fallo de ese sistema. Como si de repente ese efectivo mecanismo inconsciente dijera por error: sí, joder, aquí hay alguien. Y luego tu razón diga: no, no puede haber nadie. Algo así me pasaba a mí con el espejo, pero al contrario: mi mecanismo ese de las presencias decía: no, no hay nadie, pero a mi razón le costaba asimilarlo cuando una sombra pasaba tras el espejo, vestido con mi ropa, andando por mi habitación. Omitiré los meses con Petra. Todo hubiera sido mejor sin Petra hubiera estado antes, o no hubiera venido. O no me hubiera dejado. Petra, desgraciada. O no. O me volví loco por culpa de Petra. Como tantas veces. ¿Qué pasa con el espejo? El espejo es solo un agravante. ¡El partido que le hubiera sacado si Petra no me hubiese abocado al desasosiego! Desgraciada no es la palabra, qué va. ¿Carente de gracia? Para nada. Eso es lo trágico, es graciosa como ella sola. Pero no en esa acepción desvirtuada de graciosa, no. Una gracia excelsa, una gracia divina. Una Gracia así, con mayúscula. Probablemente hija de puta sea un término más correcto, pero esta vez sí, en su acepción menos etimológica, en la coloquial. Hija de puta con cada letra, creada con esmero por los órganos articulatorios de mi aparato fónico. Qué  Hija de puta, sí señor. Ahí se ha pasado seis meses, en el retardo fatal del espejo. Sobra decir que lo rescaté, cuando un fugaz atisbo de luz, en medio de la alcohólica depresión, me hizo acordar que el espejo estaba en el armario. Que el retardo sería ya tan lato, que podría encontrar sin duda a Petra, cortándose las uñas de los pies graciosamente, en el sofá. ¿He de ocultar que me pasé meses contemplando su reflejo? ¿He de ocultar que profané su más descarnada intimidad y que nada valió para desmitificarla? La estuve persiguiendo el día entero con el espejo, durante semanas. La vi en el baño. Hurgándose la nariz en la cocina. La vi mientras le hacía el amor. Qué decoroso me ha quedado, ay. Quizá algo me impide hablar de ella en términos barriobajeros. Algo me impide verbalizar sus actitudes más pudorosas, que observé, he de decirlo, con un interés patológico. Un morbo enfermizo. O quizá pongo esto de relevancia para no sacar que lloré. Lloré como una maricona ante la prodigiosa imagen de Petra peinándose en el baño, completamente ajena a mi llanto. Perdí nueve kilos porque la obsesión con el espejo me hizo comer poco y mal. Desvarié con la ilusión de que Petra aparecía tras de mí en la casa; estaba confundiendo el reflejo con la realidad. Empecé a dormir en el lado de la cama que usaba Petra, con el espejo al lado. Cuando lo levantaba, parecía que Petra estaba ahí, a un palmo de mí. La pena de mi cuerpo se redobló cuando, hace ya no sé cuantos días, Petra me abandonó por segunda vez. Tuve la opción de seguirla con el espejo, para saber adónde fue, qué billete de avión compró, con quién habló por el móvil. Pero algo, no sé qué, me contuvo de caminar por la ciudad como un loco sin remedio, sumido en la obsesiva contemplación de un espejo. No hay un final apoteósico para el cuento. Petra se fue y yo sigo aquí, en la locura sin retorno. Vivo más en la realidad del espejo que en la propia; he descubierto el estado lamentable de mi casa cuando ha aparecido por fin en el reflejo. Me contemplo a mí mismo, en un salón completamente desolado, con la cara descompuesta, gris, sin expresión alguna, y con el reflejo de Petra en los ojos, imperceptible. Sí, ahora que Petra me ha dejado en el espejo, busco su imagen fugaz buscando el reflejo del espejo del pasado. Ya no la reconozco, quizá la imagen de la imagen la haya desvirtuado un poco. Cada palabra que digo la veo así en mi cabeza, multiplicada mil veces; no distingo el sueño de la vigilia, lo recordado de lo fabulado. Siento vértigo al pensar que debo estar peor que ese tipo horrendo del espejo, al que ya observo como un muerto en vida. Míralo, está absorto. Es una sombra del hombre que fue, un ánima en pena amarrada al purgatorio, condenado a vagar y a fabular sin remedio ni retorno. Si Petra volviera no sería capaz de reconocerla. Quiero decir: no sería capaz de dilucidar si se trata de la Petra real o si es una ensoñación. A veces me parece olerla, y lo primero que pienso es que estoy loco y que ojalá me muera pronto. Otras veces me deleito con la idea de que ha vuelto, que me está viendo, completamente enajenado, sin la menor capacidad de responder a sus estímulos, que me grita y me zarandea, pero que soy incapaz de ubicarme en el mundo, y que llora, impotente, de rodillas en la esquina, mientras yo arrastro los pies balbuceando, mirando al techo con mis dos ojos brillantes llenos de enajenación. Ojalá sea eso y el olfato me haya dado la noción correcta de lo que pasa. Y ojalá, por Dios, no dé con el espejo bajo la mesa.

Un pensamiento en “El espejo

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