Crónica de la cobardía

La voz de la gitana me hizo saber que no me había equivocado de camino, y que había seguido correctamente las indicaciones. Yo no entiendo caló, pero aquellas canciones desgarradas no precisan de entendimiento, hablan por sí solas. Las cantaoras más jóvenes nunca aprendieron, o ya han olvidado, el significado de las letras, y sin embargo las he visto llorar y emocionarse cantándolas. El barrio apareció sumido en una melodía portentosa. Tal y como el joven me lo había descrito: las fachadas encaladas de las cuevas se apilan y superponen, completando toda la ladera de la montaña. Los caminos serpentean por los barrancos y ofrecen, a la derecha, una valiosa imagen de la Alhambra y el bosque que hay vertido a sus pies, hasta el río. A la izquierda, la primera fila de cuevas muestra pequeñas ventanas de verdes postigos y blancos patios, plantados con enredaderas y macetas, con pesadas cancelas de hierro con florituras. Cada pocos metros una pita yergue su alto apéndice, cual si fuera un estandarte; allí, aquello es lo más parecido a un árbol. En todos los patios hay colgados siempre tres o cuatro candiles, vertiendo una tímida luz amarilla que apenas sirve para entrever los recodos del camino. A mí me recordó a uno de estos pueblos costeros griegos, encaramados a la pendiente de un cerro y cuyas casas parecen amontonarse de una manera más o menos caótica. El pueblo es sorprendentemente ruidoso para lo tranquilo que parece a primera vista; fantasmal, en ocasiones. Se escucha a los gitanos entonando alguna cancioncilla o hablando simplemente, pero a la vista todo parece quieto e inerte, no se ven más que fachadas y tapias con alguna bicicleta desvencijada tirada en un rincón del camino. Era como si el barrio albergara una vida latente, implícita.

Así llegué, andando durante casi media hora, a un pequeño rellano del que surgían un camino ascendente y otro que continuaba hacia adelante. Era allí: la cueva de la Rumí, las indicaciones eran claras. De la puerta entreabierta salía un alegre jaleo ensordecedor y el cante de una gitana vieja, la dueña de la cueva, la que ofrecía el espectáculo. Incliné mi sombrero para ensombrecer mi rostro y abroché mis botones. Tanteé mi bolsillo en busca de la navaja; estaba ahí. Ya todo estaba dispuesto. Sólo faltaba que se produjera el sorpresivo encuentro y yo deslizaría la implacable hoja hacia las tripas del gitano. Después, ofrecería mi vida a sus familiares alegremente, para aplacar cuanto antes su odio, allí mismo. Carmencita me vería luchar por ella hasta la muerte; seguramente acudiría antes al cadáver del gitano que al mío, pero estoy seguro de que, con el paso del tiempo, ella y los que lo iban a presenciar, sabrían apreciar este acto de amor desesperado.

Tras la pesada puerta de madera unas escaleras empinadas te hacen bajar la altura de un piso. Cualquiera que haya visto una cueva sabrá de lo que hablo: los techos son rugosas bóvedas, sin esquinas ni rincones. Paredes de cal tan sólo interrumpidas por tres ventanucos, a la derecha de la escalera, que dejaban pasar la luz de la luna. El resto de la luz provenía de un puñado candiles repartidos a lo largo de la estancia, que desdibujaban un poco la penumbra; el humo de los cigarros agravaba la situación. Al fondo se elevaba un amplio tablao, y sobre él estaba la figura de la gitana, sentada en una silla de mimbre. La Rumí era menuda, baja, incluso. Tenía ese moreno gitano y un rostro arrugado. Sus dedos eran delgados y nudosos, pero a la vez parecían recios y fuertes, testimonio de una vida trenzando el esparto y la mimbre. La voz de aquella mujer no podía ser de ella: dejaba fluir un caló ronco, un cante duro, sostenido por un diafragma prodigioso. Batía su mano de huesudos dedos en aquel aire lóbrego, con los ojos cerrados, como si al cantar entrase en una especie de trance. El gordo guitarrista que la acompañaba apenas sí hacía notar su musiquilla. La Rumí sola se bastaba para deleitar los oídos de los vecinos y los visitantes; en la cueva no cabía mucha más gente. La gitana tenía una gran fama dentro y fuera de Granada.

En frente del tablao había una barra que regentaba un hombre alto y fuerte, con alguna que otra cicatriz en la cara. Pedí un vaso de coñac, lo pagué, y me quedé mirando en un rincón. La Rumí acabó su dura canción con una ovación desmesurada. El guitarrista se levantó con algún esfuerzo de su asiento y la ayudó y bajar del tablao. Abajo apareció la figura de mi Carmencita. Delgada y grácil, su cuerpo rebosante de juventud entallaba de una forma preciosa en traje de flamenca. Era blanco, de lunares rojos y con unos anchos volantes. Tenía el pelo recogido con un ramillete de flores y una peineta. Carmencita no es gitana, pero ha nacido con ese carácter romaní y esa soberbia de cantaora. Es de tez bronceada, y tiene un bonito lunar sobre la boca, casi en la comisura del labio. Pero lo mejor de su cuerpo son sus ojos. Esos ojos almendrados y dulces, que se van amargando poco a poco a medida que se sumerge en su baile. El ceño fruncido y la mirada severa, mientras contonea lentamente los brazos sobre su cabeza o mientras zapatea con energía sobre el tablao, al tiempo que va haciendo volar los volantes de un lado para otro.

Se subió al tablao. El gordo de la guitarra cambió su instrumento por una caja, y empezó a percutirla al tiempo que Carmencita comenzaba a desatar su pasión. Había gitanos alrededor de toda la tarima; muchas mujeres empezaron a palmear al ritmo de la caja. Había un muchacho apontocado sobre las tablas, que hacía repicar sus dedos y miraba a Carmencita de un modo distinto. Lo reconocí al instante, se trataba del indeseable que me la robó, el nieto, o algo parecido de la Rumí, por lo que Carmencita me hizo suponer. Era delgado y grácil, debía de ser también bailaor. Tenía una larga melena negra y brillante, y una nariz arqueada, grande. Su piel cobriza y sus ojos desconocidos eran el espejo de miles de generaciones de gitanos. Mirándolo se veía el nomadismo y la bohemia, e incluso el misticismo y la magia de la India. Vestía una camisa blanca, con los puños remangados y un chaleco azul marino, con ornatos de un celeste violáceo. Yo iba a esperar a que saliera a la calle, o se acercara a la barra, o se chocara sorpresivamente conmigo mientras andaba entre la gente, para poder clavarle mi puñal. Atravesarle el chaleco, la camisa, su piel cobriza y hasta sus tripas. Era una manera justa de saldar su robo. Por el momento, miraba a Carmencita con unos ojos que honraban a la muchacha pero me mataban a mí, sonriendo, alegre, agitándose al son de la música, ignorando que su muerte estaba a punto de llegar. Seguía tamborileando sobre las tablas con sus dedos y nudillos, y muchas veces, cuando Carmencita taconeaba con especial insistencia, exhalaba una suerte de cante que parecía vigorizar el ánimo de la bailaora; «¡Ay, ay, ay, ay, eh!», gritaba, y en ocasiones: «¡Ole ahí esa gitana!», como si bailando Carmencita cambiara su raza.

Se me acercó un gitano rollizo y viejo, de unos cincuenta o sesenta años, y empezó a mirar debajo de mi sombrero con descaro, extrañado por mi altura. Sin mediar una palabra, me espetó:

— ¡Quítate el sombrero, niño, que te diquele!

Agarré mi sombrero y lo eché para atrás, para que se me viera un poco la cara. Se quedó extrañado de ver a un nórdico de ojos claros dentro de aquella cueva.

— ¿Pero tú de dónde eres, niño? —me preguntó.

Cuando me dijo esto me recordó a mi Carmencita, en nuestros últimos días juntos, que con la misma extrañeza en la voz me preguntó: «Pero, ¿adónde voy yo a casarme con un alemán?». Un fortuito calor me hizo hervir la sangre al recordarlo.

— Soy alemán. Mi nombre es Ludwig.

Al gitano dejó de importarle mi identidad. Frunció el ceño y se me quedó mirando fijamente a los ojos. Levantó su grueso índice para señalarme a la cara y comenzó a decirme:

— Tú traes un odio en el corazón, te lo veo, te lo estoy viendo. Hoy tú no vas a hacer ningún bien a nadie —yo miré de nuevo hacia Carmencita, asustado. Él me siguió diciendo—: te voy a contar una cosa que te va a ayudar. Aquí, el que estás viendo delante de ti, ha matado. Maté a mi propio padre, siendo más joven que tú y en un arrebato de odio que me costó el cielo.

El gitano me hablaba con tal sinceridad en los ojos, que no pude sentir miedo, a pesar de haberme confesado el asesinato. No dio ningún indicio de arrepentimiento, pero yo supe que era grande, porque era íntimo. Así, cerca el uno del otro y calladamente me contó su historia:

«Mi padre no era bueno a veces, todo el que lo conozca te lo puede decir. Aunque no nació con maldad en el corazón. Estábamos ayudando a mi tío a ampliar la cueva, porque se iba a casar y tenía que tener la casa preparada. Estábamos haciendo un tejadillo encima de la fachada, y vi cómo debajo, en el patio, había unos hierros verticales, puntiagudos, para hacer la armadura de unos cimientos. Cuando supe que no había nadie mirando, y en un descuido de mi padre, lo empujé por la espalda, pensando que moriría en el acto y que podría decirle a todo el mundo que lo vi resbalar y que había sido un desgraciado accidente. Así ya no tendría que aguantarlo más. No gritó en la caída ni cuando se clavó en los hierros, pero gritó luego. Un solo cable le había entrado por la parte interior de la pierna y salido por la espalda, y entonces sí que gritó. Yo lo vi desde arriba y me asusté; pensaba que empezaría a decir, en la agonía, que había sido yo, me inculparía y entonces me matarían a mí. Bajé lentamente del andamio, pálido y asustado mientras mi padre gemía y gritaba, e intentaba zafarse inútilmente del hierro. Me quedé en un rincón, escondido, viendo cómo empezaban a llegar los vecinos y mi propio tío. Entonces, las gitanas empezaron a llorar con esos gritos que desgarran el alma, y a echarse las manos a la cabeza. Mi tío le decía: “¡Pero Gabarro!, ¿cómo has estado?”, y varios hombres se acercaron a su alrededor a tratar de sacarlo. Era inútil, no podían moverlo sin que gritara aún más de dolor. La gente ya sabía que de ahí sólo podrían sacarlo muerto. En unos minutos dejó de gritar; se había quedado sin fuerzas al perder tanta sangre. Entonces empezó a llamarme: “¡Gabarrito, Gabarrito!”, decía una y otra vez, y la gente empezó a mirar al alrededor, porque sabían que yo debía de estar por allí. Mi tío me vio escondido y me dijo que viniera con un ademán. Yo salí y vi a mi padre, exhausto, con los brazos colgando, el cuello caído hacia un lado y los ojos cerrados. A pesar de ello, el hierro lo mantenía de pie de una manera macabra, y tanto sus movimientos como su habla, eran agónicos. Me acerqué asustado por si me preguntaba por qué lo había hecho o si me inculpaba directamente delante de todos. No fue así, sin embargo. Mi tío me cogió por el hombro y me acercó a mi padre. Entonces, le dijo: “Aquí está tu niño, hermano”. No sé si fue porque el dolor le hizo olvidar que fui yo quien le empujó, o quizá que, efectivamente, no quería que me mataran y lo hizo para exculparme. Quizá pensaba que se merecía el castigo y ya me había perdonado, no lo sé. El caso es que no trató de inculparme, tan sólo decía: “¡Ay, hijo, lisiado para toda la vida!”, y eso repetía una y otra vez. Si el pobre hubiera tenido fuerzas para abrir los ojos y ver el charco de sangre que estaba dejando en el suelo no se le hubiera ocurrido pensar que iba a quedarse de ninguna manera. Pero nada, él seguía diciendo: “¡Hijo, hijo, voy a quedarme lisiado!”. Finalmente no pudo repetirlo de nuevo, se le agotaron las fuerzas y todo su cuerpo cayó hacia un lado, inerte. Entre mi tío y unos vecinos lo sacaron y lo dejaron en el suelo. Las mujeres lloraban y lloraban, aún las sigo oyendo cuando lo recuerdo, a cada hora, a cada instante.»

Me sentí incapaz de seguir oyendo la voz del parricida, que ya me sonaba monstruosa, inhumana. Le di las gracias y me dirigí a las escaleras. Eché mano de la navaja: no tenía fuerzas en las manos para asirla siquiera. Desde el primer escalón me di la vuelta, pálido, para ver por última vez a mi Carmencita. Ella estaba bailando de espaldas, y al dar un giro enérgico se volvió y me vio. Yo estaba pálido, asustado, con la mirada de alguien que acaba de presenciar una atrocidad. Primero me miró sorprendida, sin dejar de taconear, al ver que había sido capaz de encontrarlos. Mirándome fijamente con sus dos grandes ojos almendrados y sin parar de bailar, fue tomando progresivamente su soberbia natural, su expresión de descaro, al tiempo que dibujaba una sonrisa burlona y reafirmaba la autoridad de su baile, su orgullo, su coraje, su raza. No dejó de mirarme hasta que me di la vuelta y salí por las escaleras.

Por el camino pensé en matarme, pero maldita sea, suicidarse también es matar a un hombre; no tuve valor en la cueva y tampoco lo tuve después. Hice un viaje de meses sólo para dar muerte al gitano que me la robó y no conseguí hacerlo. Bajando la calle por la que había venido recordé otra vez la sonrisa burlona y la mirada orgullosa de Carmencita. Ella sabía perfectamente que yo soy incapaz de matar a nadie.

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