El espejo

No puedo contarlo como algo sorprendente; el espejo se ha incrustado en mi vida como un parásito. Ha suplantado mi ánimo, mi carácter. Lo tengo tirado en el suelo, bajo la mesa. No sé cómo lo dejé en ese lugar, pero da igual; esté donde esté, será un lugar preeminente. Camino por el salón sabiendo que está ahí, que a lo mejor yo estoy mirando la habitación desde el suelo, que a lo mejor hay otra escena patética que tengo que ahogar en más ginebra. No quiero mirarlo y no puedo parar de mirarlo. Sigue leyendo

Alba

 

            Su piel era blanca, como las cumbres nevadas de Granada; los ojos, verdes como la vega; en sus labios estaba el granate frutal del castillo rojo. No, no había mujer mora o cristiana que encarnara de mejor manera la ciudad del suspiro nazarí. Alba, la cristiana que enamoró al sultán, y puso en peligro fatal el reino musulmán, llegó como cautiva con diecisiete años recién cumplidos. Convertida al islam, fue bautizada como Nur por intervención del propio sultán, quien le regaló un velo celeste ya que, según él, en su cuerpo sólo faltaba el azul raso del intenso cielo granadino. Sigue leyendo

Una jirafa de peluche

Con motivo de la Navidad 2013, el Centro Ecosociocultural Miguel Hernández de la Zubia me propuso escribir el siguiente cuento, con la intención de publicarlo y que fuera un regalo peculiar para la gente del pueblo. Mi hermano Juan Luís fue el encargado de ilustrarlo. Podrán encontrarse ejemplares gratuitos en el local. ¡Muchas gracias al Centro por la publicación! Sigue leyendo

La absolución

Una hora antes el pescador llegó al muelle con unos cuantos calamares medio podridos de cebo y una rapala nueva que su suegro le había dado días atrás para que la probara. Repuso algunas anillas de las cañas, le echó un vistazo al motor y a los niveles de la barca y desenmarañó una red con alguna que otra rotura. Se acercó a la cafetería de su compadre, el Quino, de su quinta, y compró un paquete de tabaco y un mechero. Tras un saludo vano encendió un cigarro y salió a esperar en el muelle. La luna se inclinaba ya sobre la silueta del cabo; llena, amarilla y esplendorosa, al pescador le pareció una infamia que la humanidad se hubiera acostumbrado a su presencia. Contemplándola a través del humo de su segundo cigarro pensó que, en sus cuarenta y cuatro veranos, era la primera vez que la miraba con auténtica franqueza. No era un buen augurio.

El padre José apareció con las primeras luces del alba, al fondo del paseo. Caminaba como si no viera con los ojos y estuviera siendo guiado por las palabras de un lazarillo; el pescador siempre pensó que era un acto deliberado. Sustituyó por fin sus caros mocasines por unos náuticos, y sobre su alzacuello seguían esas gafas tintadas, enormes, propias de la presbicia. Todas las mañanas el cura ejercía su particular peregrinaje: subía al cerro al alba, exhalaba, o eso se creía, sus plegarias y volvía a la capilla para dar misa. A veces, los lunes, acompañaba al pescador con la esperanza de pescar algún que otro pez. Había desarrollado una pasión desaforada por la pesca, a la que sucumbió cuando ocurrió el encuentro fortuito; suspendió su sacramento matutino y subió a la barca.

Al pescador le sorprendía siempre que hablara tanto; él, ciertamente, no lo hacía con nadie, al menos no muy a menudo. A veces hasta creía decir cosas sin darse cuenta porque el monólogo del padre José respondía a una conversación fluida. Preguntaba, no paraba de preguntar acerca del arte del anzuelo y de las criaturas del vasto mar, aunque no aprehendía ni un solo dato. Daba gracias al Señor con alguna oración cada vez que el pescador echaba un pez a la barca lo bastante grande como para albergar alguna suerte de alma. Los más pequeños, sin embargo, no gozaban del privilegio. Nunca le preguntó los motivos de esa extraña selección, que sí parecía un acto inconsciente.

Los párrafos anteriores revelan, de la manera más fina posible, el carácter de los personajes; he omitido los detalles injustos para que el hecho central del relato conserve su virtud. El pescador paró de manera inevitable lo bastante lejos de la costa como para no ser visto. Cada uno recogió el sedal de una de las dos cañas con una pesca infructuosa. Sobre la oscilación pavorosa de las olas el pescador fue lo más sucinto posible:

— Dígame, padre, quién o quiénes andan mancillando mi matrimonio.

El cura detuvo su disertación acerca de la profundidad de los mares y se quitó las lentes salpicadas. Tras limpiarlas con una parsimonia ejemplar con su camisa, se las puso y dijo con una voz incierta:

— Me protege un voto de silencio, hijo. Ser confesor no es tarea fácil. Tu alma está llena de tormentos, sí. Siéntate a mi lado y deja que Dios perdone tus pecados.

Ambos se sentaron al filo de la barca y después de treinta y cuatro años confesó otra vez todos sus arrepentimientos. El padre, acto seguido, puso una mano sobre su cabeza y murmuró una larga oración. Dibujó una cruz en el aire y añadió la penitencia:

— Arrepiéntete de todos tus pecados cada mañana y pídele a Jesús que permanezca a tu lado para saber el camino.

Quedaron en silencio.

— Dígame ahora padre, con quiénes.

El padre José cerró los ojos de nuevo con una mueca de pavor y puso la mano sobre su cabeza retomando una retahíla de oraciones para la absolución. El pescador se levantó tomándolo fuertemente por la muñeca. El cura se detuvo sorprendido y se miraron en mitad de la tragedia.

— Dígame con quién.

Ante el silencio del padre, el pescador lo agarró de la camisa y lo empujó fuera de la barca. Bastará con decir que no merece la pena contar los detalles del ensañamiento. Un par de minutos después echó la mano al agua y tomándolo por el pecho devolvió a la barca el cuerpo sin vida del cura. No hubo una pausa de arrepentimiento ni de vuelta a la cordura; se fue a los mandos de la barca y se acercó al acantilado del cerro. Con un esfuerzo fatal lo arrojó sobre un lecho de piedras puntiagudas, algas, y espuma de mar. En menos de media hora había sido verdugo, y enterrador de un siervo de Dios.

Llegó a media mañana con una pesca ingrata y con el pueblo sumergido en la preocupación. Nadie encontraba al padre José. No tardó en surgir la idea de subir al cerro; unos jóvenes vieron, desde lo alto, su cuerpo despeñado. En seguida hicieron recoger el cuerpo para darle santa sepultura.

Por voluntad vital del cura, no permitieron una autopsia. Todo el mundo achacó el buen estado del cuerpo tras la caída a la santidad del pastor. Incluso surgieron más tarde asociaciones y plataformas que pedían al Vaticano la beatificación inmediata del padre José. Nadie podía sospechar del pescador; acompañó a su mujer, anegada en lágrimas, a darle un último adiós a su confesor, e incluso se persignó varias veces. Le pidió a Jesús que no lo abandonara y se arrepintió cada mañana de haber matado a un hombre justo, tal como él le pidió como deseo póstumo. Creía en Dios desde aquel fatídico día, haber preferido la muerte antes que violar sus votos era para el pescador prueba suficiente. Encomendaría desde ese día su alma perturbada a la fe católica; ofició el perdón inusitadamente, en silencio perdonó cada infidelidad de su mujer y cada traición. Y prorrogó su suicidio durante seis años para cumplir su penitencia, que sería el tormento de haber matado un hombre y el de dormir en una cama impropia.

Dos horas antes el pescador llegó al muelle con una vieja rapala. Pasó una hora más echando un vistazo al motor y a los niveles de la barca, desenmarañando una red y cambiando el hilo de unos carretes. Se acercó a la cafetería del Quino  y, mientras compraba un paquete de tabaco, su compadre dijo:

— Hoy hace seis años de cuando saliste a pescar con el padre José.

Tras un saludo vano salió a fumarse un cigarro al muelle. Pensando un rato decidió no salir a pescar ese día y emprendió el camino hacia el cerro, a lo largo del paseo. Comenzó el ascenso por la oscura escalinata y llegó finalmente al mirador, casi asfixiado. Dejó atrás la cruz de piedra para asomarse al acantilado.  La luna se inclinaba ya sobre el horizonte del mar, dejando una larga estela en el reflejo del agua. Llena, amarilla y esplendorosa, al pescador le volvió a parecer una infamia que la humanidad se hubiera acostumbrado a su presencia, como él se había acostumbrado a la carga del asesinato.

Contemplándola a través del humo de su tercer o cuarto cigarro pensó que sólo era la segunda vez que la miraba con auténtica franqueza.

No era un buen augurio.

Crónica de la cobardía

La voz de la gitana me hizo saber que no me había equivocado de camino, y que había seguido correctamente las indicaciones. Yo no entiendo caló, pero aquellas canciones desgarradas no precisan de entendimiento, hablan por sí solas. Las cantaoras más jóvenes nunca aprendieron, o ya han olvidado, el significado de las letras, y sin embargo las he visto llorar y emocionarse cantándolas. El barrio apareció sumido en una melodía portentosa. Tal y como el joven me lo había descrito: las fachadas encaladas de las cuevas se apilan y superponen, completando toda la ladera de la montaña. Los caminos serpentean por los barrancos y ofrecen, a la derecha, una valiosa imagen de la Alhambra y el bosque que hay vertido a sus pies, hasta el río. A la izquierda, la primera fila de cuevas muestra pequeñas ventanas de verdes postigos y blancos patios, plantados con enredaderas y macetas, con pesadas cancelas de hierro con florituras. Cada pocos metros una pita yergue su alto apéndice, cual si fuera un estandarte; allí, aquello es lo más parecido a un árbol. En todos los patios hay colgados siempre tres o cuatro candiles, vertiendo una tímida luz amarilla que apenas sirve para entrever los recodos del camino. A mí me recordó a uno de estos pueblos costeros griegos, encaramados a la pendiente de un cerro y cuyas casas parecen amontonarse de una manera más o menos caótica. El pueblo es sorprendentemente ruidoso para lo tranquilo que parece a primera vista; fantasmal, en ocasiones. Se escucha a los gitanos entonando alguna cancioncilla o hablando simplemente, pero a la vista todo parece quieto e inerte, no se ven más que fachadas y tapias con alguna bicicleta desvencijada tirada en un rincón del camino. Era como si el barrio albergara una vida latente, implícita.

Así llegué, andando durante casi media hora, a un pequeño rellano del que surgían un camino ascendente y otro que continuaba hacia adelante. Era allí: la cueva de la Rumí, las indicaciones eran claras. De la puerta entreabierta salía un alegre jaleo ensordecedor y el cante de una gitana vieja, la dueña de la cueva, la que ofrecía el espectáculo. Incliné mi sombrero para ensombrecer mi rostro y abroché mis botones. Tanteé mi bolsillo en busca de la navaja; estaba ahí. Ya todo estaba dispuesto. Sólo faltaba que se produjera el sorpresivo encuentro y yo deslizaría la implacable hoja hacia las tripas del gitano. Después, ofrecería mi vida a sus familiares alegremente, para aplacar cuanto antes su odio, allí mismo. Carmencita me vería luchar por ella hasta la muerte; seguramente acudiría antes al cadáver del gitano que al mío, pero estoy seguro de que, con el paso del tiempo, ella y los que lo iban a presenciar, sabrían apreciar este acto de amor desesperado.

Tras la pesada puerta de madera unas escaleras empinadas te hacen bajar la altura de un piso. Cualquiera que haya visto una cueva sabrá de lo que hablo: los techos son rugosas bóvedas, sin esquinas ni rincones. Paredes de cal tan sólo interrumpidas por tres ventanucos, a la derecha de la escalera, que dejaban pasar la luz de la luna. El resto de la luz provenía de un puñado candiles repartidos a lo largo de la estancia, que desdibujaban un poco la penumbra; el humo de los cigarros agravaba la situación. Al fondo se elevaba un amplio tablao, y sobre él estaba la figura de la gitana, sentada en una silla de mimbre. La Rumí era menuda, baja, incluso. Tenía ese moreno gitano y un rostro arrugado. Sus dedos eran delgados y nudosos, pero a la vez parecían recios y fuertes, testimonio de una vida trenzando el esparto y la mimbre. La voz de aquella mujer no podía ser de ella: dejaba fluir un caló ronco, un cante duro, sostenido por un diafragma prodigioso. Batía su mano de huesudos dedos en aquel aire lóbrego, con los ojos cerrados, como si al cantar entrase en una especie de trance. El gordo guitarrista que la acompañaba apenas sí hacía notar su musiquilla. La Rumí sola se bastaba para deleitar los oídos de los vecinos y los visitantes; en la cueva no cabía mucha más gente. La gitana tenía una gran fama dentro y fuera de Granada.

En frente del tablao había una barra que regentaba un hombre alto y fuerte, con alguna que otra cicatriz en la cara. Pedí un vaso de coñac, lo pagué, y me quedé mirando en un rincón. La Rumí acabó su dura canción con una ovación desmesurada. El guitarrista se levantó con algún esfuerzo de su asiento y la ayudó y bajar del tablao. Abajo apareció la figura de mi Carmencita. Delgada y grácil, su cuerpo rebosante de juventud entallaba de una forma preciosa en traje de flamenca. Era blanco, de lunares rojos y con unos anchos volantes. Tenía el pelo recogido con un ramillete de flores y una peineta. Carmencita no es gitana, pero ha nacido con ese carácter romaní y esa soberbia de cantaora. Es de tez bronceada, y tiene un bonito lunar sobre la boca, casi en la comisura del labio. Pero lo mejor de su cuerpo son sus ojos. Esos ojos almendrados y dulces, que se van amargando poco a poco a medida que se sumerge en su baile. El ceño fruncido y la mirada severa, mientras contonea lentamente los brazos sobre su cabeza o mientras zapatea con energía sobre el tablao, al tiempo que va haciendo volar los volantes de un lado para otro.

Se subió al tablao. El gordo de la guitarra cambió su instrumento por una caja, y empezó a percutirla al tiempo que Carmencita comenzaba a desatar su pasión. Había gitanos alrededor de toda la tarima; muchas mujeres empezaron a palmear al ritmo de la caja. Había un muchacho apontocado sobre las tablas, que hacía repicar sus dedos y miraba a Carmencita de un modo distinto. Lo reconocí al instante, se trataba del indeseable que me la robó, el nieto, o algo parecido de la Rumí, por lo que Carmencita me hizo suponer. Era delgado y grácil, debía de ser también bailaor. Tenía una larga melena negra y brillante, y una nariz arqueada, grande. Su piel cobriza y sus ojos desconocidos eran el espejo de miles de generaciones de gitanos. Mirándolo se veía el nomadismo y la bohemia, e incluso el misticismo y la magia de la India. Vestía una camisa blanca, con los puños remangados y un chaleco azul marino, con ornatos de un celeste violáceo. Yo iba a esperar a que saliera a la calle, o se acercara a la barra, o se chocara sorpresivamente conmigo mientras andaba entre la gente, para poder clavarle mi puñal. Atravesarle el chaleco, la camisa, su piel cobriza y hasta sus tripas. Era una manera justa de saldar su robo. Por el momento, miraba a Carmencita con unos ojos que honraban a la muchacha pero me mataban a mí, sonriendo, alegre, agitándose al son de la música, ignorando que su muerte estaba a punto de llegar. Seguía tamborileando sobre las tablas con sus dedos y nudillos, y muchas veces, cuando Carmencita taconeaba con especial insistencia, exhalaba una suerte de cante que parecía vigorizar el ánimo de la bailaora; «¡Ay, ay, ay, ay, eh!», gritaba, y en ocasiones: «¡Ole ahí esa gitana!», como si bailando Carmencita cambiara su raza.

Se me acercó un gitano rollizo y viejo, de unos cincuenta o sesenta años, y empezó a mirar debajo de mi sombrero con descaro, extrañado por mi altura. Sin mediar una palabra, me espetó:

— ¡Quítate el sombrero, niño, que te diquele!

Agarré mi sombrero y lo eché para atrás, para que se me viera un poco la cara. Se quedó extrañado de ver a un nórdico de ojos claros dentro de aquella cueva.

— ¿Pero tú de dónde eres, niño? —me preguntó.

Cuando me dijo esto me recordó a mi Carmencita, en nuestros últimos días juntos, que con la misma extrañeza en la voz me preguntó: «Pero, ¿adónde voy yo a casarme con un alemán?». Un fortuito calor me hizo hervir la sangre al recordarlo.

— Soy alemán. Mi nombre es Ludwig.

Al gitano dejó de importarle mi identidad. Frunció el ceño y se me quedó mirando fijamente a los ojos. Levantó su grueso índice para señalarme a la cara y comenzó a decirme:

— Tú traes un odio en el corazón, te lo veo, te lo estoy viendo. Hoy tú no vas a hacer ningún bien a nadie —yo miré de nuevo hacia Carmencita, asustado. Él me siguió diciendo—: te voy a contar una cosa que te va a ayudar. Aquí, el que estás viendo delante de ti, ha matado. Maté a mi propio padre, siendo más joven que tú y en un arrebato de odio que me costó el cielo.

El gitano me hablaba con tal sinceridad en los ojos, que no pude sentir miedo, a pesar de haberme confesado el asesinato. No dio ningún indicio de arrepentimiento, pero yo supe que era grande, porque era íntimo. Así, cerca el uno del otro y calladamente me contó su historia:

«Mi padre no era bueno a veces, todo el que lo conozca te lo puede decir. Aunque no nació con maldad en el corazón. Estábamos ayudando a mi tío a ampliar la cueva, porque se iba a casar y tenía que tener la casa preparada. Estábamos haciendo un tejadillo encima de la fachada, y vi cómo debajo, en el patio, había unos hierros verticales, puntiagudos, para hacer la armadura de unos cimientos. Cuando supe que no había nadie mirando, y en un descuido de mi padre, lo empujé por la espalda, pensando que moriría en el acto y que podría decirle a todo el mundo que lo vi resbalar y que había sido un desgraciado accidente. Así ya no tendría que aguantarlo más. No gritó en la caída ni cuando se clavó en los hierros, pero gritó luego. Un solo cable le había entrado por la parte interior de la pierna y salido por la espalda, y entonces sí que gritó. Yo lo vi desde arriba y me asusté; pensaba que empezaría a decir, en la agonía, que había sido yo, me inculparía y entonces me matarían a mí. Bajé lentamente del andamio, pálido y asustado mientras mi padre gemía y gritaba, e intentaba zafarse inútilmente del hierro. Me quedé en un rincón, escondido, viendo cómo empezaban a llegar los vecinos y mi propio tío. Entonces, las gitanas empezaron a llorar con esos gritos que desgarran el alma, y a echarse las manos a la cabeza. Mi tío le decía: “¡Pero Gabarro!, ¿cómo has estado?”, y varios hombres se acercaron a su alrededor a tratar de sacarlo. Era inútil, no podían moverlo sin que gritara aún más de dolor. La gente ya sabía que de ahí sólo podrían sacarlo muerto. En unos minutos dejó de gritar; se había quedado sin fuerzas al perder tanta sangre. Entonces empezó a llamarme: “¡Gabarrito, Gabarrito!”, decía una y otra vez, y la gente empezó a mirar al alrededor, porque sabían que yo debía de estar por allí. Mi tío me vio escondido y me dijo que viniera con un ademán. Yo salí y vi a mi padre, exhausto, con los brazos colgando, el cuello caído hacia un lado y los ojos cerrados. A pesar de ello, el hierro lo mantenía de pie de una manera macabra, y tanto sus movimientos como su habla, eran agónicos. Me acerqué asustado por si me preguntaba por qué lo había hecho o si me inculpaba directamente delante de todos. No fue así, sin embargo. Mi tío me cogió por el hombro y me acercó a mi padre. Entonces, le dijo: “Aquí está tu niño, hermano”. No sé si fue porque el dolor le hizo olvidar que fui yo quien le empujó, o quizá que, efectivamente, no quería que me mataran y lo hizo para exculparme. Quizá pensaba que se merecía el castigo y ya me había perdonado, no lo sé. El caso es que no trató de inculparme, tan sólo decía: “¡Ay, hijo, lisiado para toda la vida!”, y eso repetía una y otra vez. Si el pobre hubiera tenido fuerzas para abrir los ojos y ver el charco de sangre que estaba dejando en el suelo no se le hubiera ocurrido pensar que iba a quedarse de ninguna manera. Pero nada, él seguía diciendo: “¡Hijo, hijo, voy a quedarme lisiado!”. Finalmente no pudo repetirlo de nuevo, se le agotaron las fuerzas y todo su cuerpo cayó hacia un lado, inerte. Entre mi tío y unos vecinos lo sacaron y lo dejaron en el suelo. Las mujeres lloraban y lloraban, aún las sigo oyendo cuando lo recuerdo, a cada hora, a cada instante.»

Me sentí incapaz de seguir oyendo la voz del parricida, que ya me sonaba monstruosa, inhumana. Le di las gracias y me dirigí a las escaleras. Eché mano de la navaja: no tenía fuerzas en las manos para asirla siquiera. Desde el primer escalón me di la vuelta, pálido, para ver por última vez a mi Carmencita. Ella estaba bailando de espaldas, y al dar un giro enérgico se volvió y me vio. Yo estaba pálido, asustado, con la mirada de alguien que acaba de presenciar una atrocidad. Primero me miró sorprendida, sin dejar de taconear, al ver que había sido capaz de encontrarlos. Mirándome fijamente con sus dos grandes ojos almendrados y sin parar de bailar, fue tomando progresivamente su soberbia natural, su expresión de descaro, al tiempo que dibujaba una sonrisa burlona y reafirmaba la autoridad de su baile, su orgullo, su coraje, su raza. No dejó de mirarme hasta que me di la vuelta y salí por las escaleras.

Por el camino pensé en matarme, pero maldita sea, suicidarse también es matar a un hombre; no tuve valor en la cueva y tampoco lo tuve después. Hice un viaje de meses sólo para dar muerte al gitano que me la robó y no conseguí hacerlo. Bajando la calle por la que había venido recordé otra vez la sonrisa burlona y la mirada orgullosa de Carmencita. Ella sabía perfectamente que yo soy incapaz de matar a nadie.