El Zubiético

En España lo mejor es el pueblo. [..] En los trances duros, los señoritos –nuestros barinas– invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva. En España, no hay modo de ser persona bien nacida sin amar al pueblo.
Antonio Machado

Los granaínos de montaña somos unos granaínos algo genuinos. Nos contagiaron las cumbres, los bosques, los barrancos silenciosos y las eras. Llevamos la vega en la piel, de la misma manera que un pescador muta y se conforma con arreglo al mar. Todo el mundo reconoce al pescador por su carácter sosegado y su manera de mirarlo todo como si estuvieran atisbando el horizonte; podríamos decir, que el pescador ha cortado su alma a la medida del mar, y que por hábito del alma suya la quiere (Garcilaso de la Vega). También nos pasa eso a los granaínos (que quizá por eso reconoceríamos a un granaíno entre un millón de españoles) con la vega y la presencia latente de la Sierra Nevada. Pero estos granaínos soberbios del sur, ¡que eligieron la cuesta, la ermita, la chicharra del cortijo y el arroyuelo…! ¡El viento y el silencio, la nieve y la otredad!

Porque yo no soy un señorico de los que venden la patria, de los que tanto abundan por el sur y a los que ya señaló Machado. A la patria, si alguna hay, se la quiere por dentro porque ahí se tiene, no te viene de fuera ni se impone. Estos señoricos acostumbran a encontrarse en el ayuntamiento y son los que con más exaltación alzan la bandera del pueblo, y se les llena la boca hasta la nausea repitiendo el nombre vacío. Ellos no sienten ni aman el amor por el pueblo sino por los cuartos. El que siente la patria la siente porque la trabaja, ni siquiera la menciona, la vive callada y hondamente en su día a día, la goza y la padece decorosamente. Tampoco soy el que viene a dormir y el que hasta el pan compra fuera. Esta Graná se lleva en los genes, se hereda y brota sola; los que tenemos esta alcurnia no podemos, aunque queramos, vender la patria, vivirla de otra manera o querer ser de otro lado, no, es cosa de sangre.

Aquí la malafollá es más genial, más fina, menos explícita… Para el moro La Zubia era un misterio, una villa mística, similar a los lugares con apariciones marianas y cuyos oriundos casi veneran más a su Virgen que al Todopoderoso. Para el moro La Zubia debía ser lo que la montaña para el animista, la morada montañosa de un Dios, para los griegos. Para el músico, el pentagrama más inmaculado y silencioso. Ese misticismo está presente en las costumbres y aún en el habla, ¿cómo no contagiarse, si además llevamos lo misterioso del origen del Vasco?

En Graná no hay amaneceres, ¿os dais cuenta? El cielo está clareado del todo cuan ya despunta el sol. No podemos presumir de amanecer porque la Sierra nos lo tapa (bendigo la poca fortuna), Graná empieza mal el día y a lo mejor por eso somos unos malafollá. Pero los atardeceres, los famosos atardeceres, sí son del todo un tesoro. En Graná se vive de lleno y se disfruta, pero aquí en el sur, se ve Graná desde arriba, vemos atardecer a Granada desde el palco, somos los espectadores externos del milagroso crepúsculo nazarí.

¿Cómo no elevar la soberbia sana con esta perspectiva? ¿Cuánto más se ama a tu tierra si se la puede escrutar por entera cada día? ¿Cómo no regocijarse calladamente cuando vuelves al contorno peregrino de la Zubia? Ni la exaltación histérica por los toros, ni el amor enfermizo por unos colores… La patria esto; quédese en su error el que de otra manera lo entienda, y sigan los señoricos, por su interés personal, azuzando insufriblemente… que mi patria es esta, esta y no otra.