Alba

 

            Su piel era blanca, como las cumbres nevadas de Granada; los ojos, verdes como la vega; en sus labios estaba el granate frutal del castillo rojo. No, no había mujer mora o cristiana que encarnara de mejor manera la ciudad del suspiro nazarí. Alba, la cristiana que enamoró al sultán, y puso en peligro fatal el reino musulmán, llegó como cautiva con diecisiete años recién cumplidos. Convertida al islam, fue bautizada como Nur por intervención del propio sultán, quien le regaló un velo celeste ya que, según él, en su cuerpo sólo faltaba el azul raso del intenso cielo granadino.

Lo que el sultán descubrió después es que en ella también estaban las aguas frías y huidizas del río Darro y la soberbia dilatada de las cumbres. En vano la pretendió, la persiguió por los jardines; muchas noches la convenció para que le acompañara por los rincones de la Alhambra, le mostró cada secreto y cada tesoro del castillo, consagrando cada patio con su demencial amor. ¿Podrán contarse las noches plateadas en que le agarró las manos bajo la furtiva luz de la luna? ¿Cada súplica para que Nur le entregara de una vez el beso que habría de devolverlo a la cordura?

Diluidas en el pasado estaban para él las luchas que tenía contra su padre y su tío por el reinado. Diluidas estaban las intrigas fatales entre Aixa, su madre, y la cautiva cristiana Isabel de Solís, nueva esposa de Muley Hacén, su padre. Una maldición semejante acabó con el poder de Muley Hacén. ¿Qué les estaba pasando a los últimos monarcas nazaríes, que quisieron enamorarse de la belleza infiel? Olvidarse de los ojos rasgados y mágicos de las damas del desierto, en pos de la soberbia y la frialdad de las féminas castellanas, lo iban a pagar con el reino de Granada.

Morayma, musulmana, esposa legítima del sultán, trataba de despertar sus celos para acercarlo de nuevo a sí. En muchas ocasiones tuvo encuentros bajo el conocido ciprés con algún caballero de los Abencerrajes al que nunca correspondía, con la sola esperanzada de que su marido, enterado de lo ocurrido, diera muerte al osado, se olvidara de su capricho cristiano, y ejerciera como esposo y sultán de nuevo. No ocurrió, sin embargo. Sólo tenía pensamientos para Nur. No le inquietaban las constantes presiones que estaba emprendiendo el ejército católico contra el reino, ni que su madre, Aixa, se estuviera ocupando de todos los asuntos en su lugar. Incluso empezaba a olvidarse de que sus hijos con Morayma eran en ese momento cautivos de los cristianos.

Nada le preocupa sino esa castellana en cuyos rasgos tenía toda la belleza de Granada. Una historia más en la que una mujer acaba con la razón de un hombre, ¡son tan numerosas en Granada las tragedias causadas por la belleza terrible! Nur torturaba con su negativa y apuñalaba con su recelo.  Fue tan sólo unos meses antes de la toma de Granada, habiendo ya aprobado las capitulaciones y previsto el exilio, cuando secretamente, en algún rincón ahora anónimo de la Alhambra, aquella castellana conversa, Alba, embrión del desastre y crisol de las bellezas granadinas, yació con el sultán y aplacó por fin la sed mortal del moro.

En las capitulaciones se reflejaba un acuerdo: los cautivos cristianos debían ser entregados a las autoridades castellanas, y en consonancia actuarían los cristianos, entregando, entre otros, a los hijos del sultán.

Nur viajaría en un acto clandestino con el sultán hasta Fez. No estaba dispuesto a entregarla como estipulaban las capitulaciones. Una de esas noches, entre el rumor delicado de las fuentes, ambos se prometieron amor eterno; Nur juró permanecer siempre junto al sultán y contraer matrimonio con el mismo. El aciago juramento se forjó seguramente en una noche plateada, abocado al incumplimiento, lo supiera la amante o no.

Llegado el día del destierro, ante la ingente presencia del ejército cristiano, el sultán esperó vanamente a que su amada Nur apareciera para acompañarle. Cumplidas ya dos horas entró en su alcoba. De la mujer a la que había amado sólo quedaban las joyas y todos los demás regalos que le había hecho, también el velo azul que le dio al tiempo de convertirse al islam.

Entregó las llaves de Granada, destrozado al saber que Nur había huido con los cristianos. Miraba vanamente a rincones dispares de la horda de infieles que se agolpaban para la toma de la ciudad, por si entre alguno de ellos veía los ojos verdes de aquella que le prometió amor eterno. ¡Cuánto le hubiera gustado tener el coraje de matar uno a uno a cada cristiano, hasta dar con las caderas huidizas de Nur!

Con una mirada no más preocupada que la de Nerón ante las llamas que consumían la ciudad de Roma, observó a los cristianos allanar el dignísimo castillo de la Alhambra; en su cabeza aún estaba el deseo de degollar a cada cristiano que se interponía entre él y Nur; no hallaba, sin embargo, el suficiente coraje. Partieron hacia las alpujarras y, según se cuenta, el sultán ni siquiera volvió la vista atrás para echar un último vistazo a la ciudad.

Fue doce kilómetros al sur cuando rompió a llorar pensando que jamás volvería a ver a su amada. Aixa, su madre, sabía con certeza por qué lloraba, y terriblemente enfadada al ver que su hijo, obrando igual que su difunto marido Muley Hacén, perdía tanto al enloquecer por una cristiana, le profirió lo que más puede dolerle al que no ha podido luchar por su amada: «Llora, llora como una mujer lo que no has sabido defender como un hombre».

Cuenta la leyenda que, sólo entonces, Boabdil se dio la vuelta para echar la vista atrás. Lejos se quedaba el contorno huidizo como las aguas del río Darro, la piel blanca como las cumbres nevadas, los ojos verdes como la vega, los labios del color de aquel castillo rojo…

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