Juana de Ibarbourou y el tópico Collige virgo rosas

Juana de Ibarbourou
Collige virgo rosas

«Rose, oh reiner Widerspuch, Lust,
Niemandes Schlaf zu sein unter soviel
Lidern.»
RILKE: Epitafio (1925)

La genuinidad de la poesía de Juana de Ibarbourou hace que su lectura genere continuas ocurrencias acerca de cómo abordar un comentario de su escritura. Cabe señalarlo como peculiaridad: no es una poesía ceñida a una meta estética estrictamente acotada, tampoco una poesía enfocada en cultivar preceptos delimitados que generen dos o tres rasgos de loable originalidad que distingan a un poeta frete a la crítica.
No, la poesía de Juana de Ibarbourou se abre plenamente ante el lector; florece, como lo hacen tantos motivos en sus versos. Podemos afirmar que su poesía es transgresora, y a la vez decir que su intención (al menos no en primera instancia) no era la transgresión, sino lo estético. Es por eso que la transgresión en Juana de Ibarbourou es natural y también florece, franqueando límites en todos los aspectos de la poesía. Transgrede no porque sea su cometido, como ocurriría en algunas vanguardias en las que asistimos a la desafortunada transgresión por la transgresión, sino que la poesía de Juana de América fatiga el recipiente poético heredado, como si se tratara de un postre leudado que se desborda, por todas partes, de un molde que no alcanza a contenerlo, y que parece, como ya hemos señalado, florecer.
Es por eso que al acercarnos con actitud crítica, uno no sabe en qué aspecto de esa subversión tácita concentrarse. El cromatismo, la luz, el agua, y hasta el propio ritmo de los versos son testigos de este desbordamiento de los límites; cuánto más en esa aparición reiterada (y preciosa) de la flor, que nos hace recordar, no de manera casual ni inconsciente, a la imagen de la virginidad, y que es usada sin embargo como metáfora del producto de la feminidad realizada con toda su plenitud y potencia.
Personalmente, la imagen de la flor; esas rosas que florecen en sus manos, en su boca, en la noche, en la alegría, me parece un tema de una profundad tal que no basta con cuatro páginas, sino que haría falta toda una tesis doctoral (o varias) para tratar de esbozar al menos cómo aplica y desarrolla la poeta el motivo de la flor y en qué medida transgrede. Sigue leyendo

Diseño para Cazador en el bosque de Juan Pablo Molina

Recientemente, el diseñador colombiano Juan Pablo Molina diseñó una nueva portada para el libro Cazador en el bosque. El resultado ha sido precioso, como puede verse en la fotografía que adjunto. Focaliza la atención en el detalle vertebral del cuadro: el cuervo, presencia inequívoca de lo fatal, posado sobre el tocón. Preciosa, siempre es un gusto estas colaboraciones. Esperemos que pronto esté a la vista una nueva edición en la que el diseño de Juan Pablo sea la portada del libro.

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Juan Pablo Molina es un diseñador colombiano de 30 años que ha trabajado en el ámbito de publicidad. Actualmente se encuentra estudiando Dirección de Arte en Montevideo. Para consultar su trabajo y creaciones, su página  http://juanpamolina.dunked.com/

Premio Federico García Lorca de la Ugr, modalidad de narrativa

Recientemente, mi universidad, la Ugr, me honró concediéndome del premio Federico García Lorca, en la modalidad de narrativa, por un  nuevo libro de cuentos titulado Un cadáver bajo el naranjo. Aprovecho para hacer público mi profundísimo agradecimiento a la institución aunque no valga para hacer justicia al honor que ha sido figurar entre los condecorados, a los que felicito. De nuevo un premio gestado en Granada; señalo, como en el anterior, lo mucho que significa para mí que sea mi ciudad la que reconozca las humildes virtudes de lo que, con más voluntad que aciertos, hago.

Los detalles del libro me los guardo para cuando esté listo para darse a luz. Adjunto la nota de prensa en el que figuramos los premiados y el fragmento que seleccioné para que apareciera en el catálogo:

http://www.granadahoy.com/article/ocio/1792544/la/ugr/entrega/sus/premios/los/mejores/artistas/este/curso.html

LA CAJA

No se le ocurría quien podía haber entrado en su habitación a soltar aquel paquete y por qué. Atacado por el cansancio, se sentó en el sofá frotándose la cara con las manos y entonces recordó.

No se hubiera imaginado ni siquiera que su pedido iba a llegar de aquella forma. Sonrió enigmático y se acercó a la caja, le echó un vistazo y salió a buscar una taza de té. A la vuelta, colocó el té sobre el escritorio, echó el azúcar, y dio un sorbo. Se giró para observar la caja y pensar cómo lo iba a hacer esta vez.

Paciente, se levantó y dio un par de vueltas al paquete, examinándolo. Tenía que sacarlo de allí. Levantó la mirada. La puerta estaba demasiado lejos. La ventana parecía la mejor opción. Apoyó las palmas de sus manos en el costado de la caja y la empujó hacia el escritorio, que estaba junto a la ventana. Era recia, el embalaje no cedía ante la presión de sus manos, como si estuviera llena de algo sólido que se ajustaba perfectamente a las dimensiones del continente. Poco a poco la caja empezó a arrastrarse. Cuando apenas había avanzado medio metro sobre la alfombra, se detuvo y la miró.

Era más grande. La caja había crecido al menos diez centímetros. Se puso una mano en la cintura y otra en el mentón, pensativo. Calculó de nuevo la distancia hasta la ventana y la puerta. Definitivamente, la ventana seguía siendo la mejor opción.

Apoyó de nuevo sus manos sobre el paquete y lo empujó con más fuerza. Ésta vez estuvo seguro de ver cómo la caja se estiraba. Cerró los ojos y deseó que cuando llegara a la ventana, las dimensiones no hicieran imposible el desalojo.